martes, 22 de julio de 2014

Un viaje de ida y vuelta

Desde que llegaron las tropas cristianas a Córdoba, encabezadas por el rey Fernando III, la Mezquita Aljama de la ciudad, la gran Mezquita de Córdoba como la ha denominado recientemente la Unesco, se libró de la destrucción, desde un primer momento, por diferentes causas. Una de ellas fue la admiración que suscitó su enorme belleza. Otra, el pueblo de Córdoba, que procedente de un mestizaje tanto genético como cultural siempre la sintió suya y siempre se mostró celoso ante cualquier intento de eliminarla, como desgraciadamente ocurrió con las demás mezquitas-aljamas de las ciudades más importantes de al-Andalus. Por otra parte, los reyes cristianos, entre ellos Alfonso X el Sabio , contribuyeron a su protección y conservación como así muestran al respecto dos disposiciones dadas por él: la primera refiere que la totalidad de las iglesias del obispado de Córdoba contribuyan a reparar las techumbres de la mezquita (año 1261) y la segunda exhorta a que todos los albañiles y carpinteros "moros" cordobeses se empleen de grado o por fuerza dos días al año en obras de conservación de la misma, devengando únicamente la comida (año 1263). De esta manera, hasta mediados del último tercio del siglo XV el monumento apenas cambió de fisonomía, debido a que, en las contadas reformas o aditamentos de que fue objeto, prevaleció el criterio de dañarlo lo menos posible.
A partir del siglo XV los papas, en su afán de conseguir dinero para llevar a cabo sus grandes construcciones, desarrollaron una política de indulgencias que les permitía financiar basílicas como, por ejemplo, la de San Pedro. Esta fiebre constructiva se irá transmitiendo por toda Europa. Un caso muy cercano lo tenemos con la Catedral de Sevilla, levantada en el solar de la mezquita-aljama, de la que quedó su majestuoso minarete. A Córdoba también llegó este fervor constructivo. La primera gran intervención vendrá de la mano del obispo Iñigo Manrique, quien, en 1489, decide acometer la transformación de la Mezquita en una auténtica iglesia cristiana. La reina Isabel la Católica solo le permite desmontar las columnas del templo musulmán que se correspondían con las cinco naves de la actual Capilla de Villaviciosa. Este espacio se convertiría en la primera Catedral de Córdoba. Posteriormente, entre 1523 y 1607, el monumento sufrió su mayor mutilación, al hacerse las obras de la actual Catedral, lo que supuso el derribo de unos 1.500 metros cuadrados de la Mezquita. Esta nueva construcción provocó las iras del pueblo de Córdoba y de su cabildo municipal, encabezado por el corregidor Luis de la Cerda, contra el obispo Alonso Manrique, promotor de la nueva Catedral.
Con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII comenzó a estimarse de nuevo la arquitectura antigua del monumento. El obispo Martín Barcia Carrascal mandó restaurar la cúpula del mihrab entre los años 1771 y 1772. Entre 1815 y 1818, bajo el episcopado de Pedro Antonio Trevilla Bollaín, se desmontó el retablo que venía cubriendo desde 1368 el nicho del mihrab, y se rehizo parte del mosaico que lo decora. Más tarde, se puso al descubierto el dovelaje de las arquerías de las naves, antes blanqueadas, se desmanteló la Capilla de Villaviciosa y se comenzó a restaurar la qubba sobre la que se erigió.
En 1882, en este "viaje de vuelta", la Mezquita fue declarada monumento nacional y el Estado puso al frente de la misma al arquitecto don Ricardo Velázquez Bosco con la misión de conservarla y restaurarla. A partir de 1923 Félix Hernández Giménez continuaría tales trabajos. Desde entonces se han venido desarrollando importantísimos trabajos en el monumento que permiten a quien lo visita formarse una idea bastante clara y exacta de lo que era la gran aljama de Occidente en su estado originario, y de lo que se le fue adicionando en el transcurso de los siglos.
Nunca nos hubiésemos imaginado que este "viaje de vuelta" se pretenda frustrar en pleno siglo XXI y en un Estado democrático y aconfesional. Los diferentes trípticos del obispado publicados a partir del año 1998, la inmatriculación del monumento en el 2006 y el cambio de nombre en toda la cartelería del monumento en el 2010 son la mejor síntesis de un nuevo viaje de ida, que si bien no puede destruir materialmente la Mezquita-Catedral, sí pretende aniquilar su esencia, su historia y su simbología, como síntesis de arquitecturas, culturas y religiones.
* Asesor de la Cátedra Intercultural de la UCO, portavoz de la Plataforma 'Mezquita-Catedral, patrimonio de todos/as' y miembro de Comunidades Cristianas Populares de Andalucía


jueves, 10 de julio de 2014

La necesidad de una ciudadania activa

Hace unos días hemos sido espectadores de la toma de posesión del nuevo Jefe del Estado, la misma jornada en que la "Roja" quedaba desteñida. Toda la clase política dominante rendía pleitesía al nuevo monarca en el Palacio de Oriente mientras la calle sigue clamando y añorando un Estado Social, Democrático, de Derecho y Aconfesional, menos formal y más comprometido con la realidad y las necesidades de la gente.
Nuestro pueblo sufre las terribles consecuencias de una crisis pagada por la mayoría de mujeres, hombres y niños/as que no tienen más capital que su esfuerzo diario (recordemos que somos el segundo país de la UE con más pobreza infantil, superado solo por Rumanía). La población española es una de las más afectadas por la crisis económica, pues mientras la tasa de pobreza media, entre países comunitarios, ronda el 25%, en España se eleva a más del 28% debido al recorte alarmante en las prestaciones sociales ejecutado por el Gobierno, cuyo efecto más escalofriante se traduce en 13 millones de personas que padecen esta situación, de las cuales, tres millones malviven en pobreza extrema. Por su parte, British Medical Journal nos alerta sobre los recortes en el sistema sanitario español, que a pesar de tener uno de los gastos sanitarios más bajos de la UE, ha visto disminuida su inversión, con el efecto que esto ocasiona en la salud de los/as ciudadanos/as, sobre todo enfermos crónicos. Los casos de deshaucios siguen aumentando en todo el país. En Andalucía subió un 4,8% en los tres primeros meses del año debido a la medida que tomó el Gobierno de España de suspender la ley antidesahucios.
Solo son algunos ejemplos de fronteras para dentro. De fronteras para fuera la realidad es aún más inhumana. No es raro el día que podemos ver a centenares de personas inmigrantes atrapadas en las vallas de Melilla, como si fuesen moscas en una telaraña. Con titulares alarmantes como "asaltos masivos" se nos quiere hacer ver que las fuerzas de seguridad del Estado nos tienen que proteger de una invasión altamente peligrosa. Muchos de los que logran entrar terminarán encerrados como si fuesen delincuentes en los CIE (Centros de Internamiento para Extranjeros), auténticas cárceles con deficiente asistencia sanitaria, hacinamiento, malos tratos, donde quienes cumplen condena por ser pobres y haber nacido en Africa, esperan su turno para ser expulsados.
Esta dura situación no se soluciona criminalizando la pobreza como pretende el grupo municipal del PP en el ayuntamiento de Tarragona creando un censo de mendigos para expulsarlos de la ciudad. Tampoco con políticas de mera beneficencia que no atajan los problemas de raíz. El empobrecimiento en un Estado Social y de Derecho no se soluciona con medidas paliativas, que para casos urgentes son necesarias, si no con medidas sociales, que emergen de unas políticas que favorecen la justicia y la igualdad entre la ciudadanía. Difícil arreglo tiene un Estado que desahucia a miles de personas, mientras en la reciente reforma fiscal reduce los impuestos a los más ricos (IRPF e Impuesto de Sociedades). La consecuencia será que, cuando repunte la actividad económica, la situación podría ser igual o peor para los ciudadanos más desprotegidos, lo que puede cronificar su estado de empobrecimiento y exclusión social.
El futuro de tanta violación a los derechos humanos pasa por la conciencia ciudadana, por la acción ciudadana y por las urnas. Una conciencia que nos haga ver la realidad y nos lleve a tomar opciones encaminadas a terminar con tanta desigualdad social y tanta impunidad con la corrupción que la ocasiona. Una acción encaminada a potenciar las redes sociales, los movimientos sociales, a tomar medidas críticas contra las leyes injustas, que enriquecen a unos pocos y empobrecen a muchos, y a que no decidan por nosotros/as. Y poder elegir en las urnas a las personas que consideremos más honestas a través de listas abiertas, que desarrollen los programas electorales con los que se han comprometido; personas que cobren como cualquier ciudadano y que no hagan del compromiso político una profesión. No nos cabe otra: la construcción del Estado la debemos hacer principalmente la ciudadanía.
* Profesor y presidente de la Asociación KALA