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lunes, 10 de mayo de 2010

Desvelar

Como profesor de Instituto me planteo ¿qué pasaría en mi centro si una chavalita que profesa la religión musulmana asistiese a clase con hiyab? Confío que el sentido común llevase a la comunidad educativa a no imponer sanciones a dicho hábito y mucho menos a la expulsión del centro.
Aporto cuatro pequeñas reflexiones que pretenden dar luz a un debate que en muchas ocasiones, y por desgracia, conducen a actitudes xenófobas, en las que lo que menos importa es la dignidad de la propia persona y su realidad familiar.
Habría una primera consideración política. Nuestra Constitución en su artículo 16.1 garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto; y en el 16.2 proclama la aconfesionalidad del Estado. Ante lo cual no podemos mirar las simbologías, en este caso religiosas, como un atentado constitucional. En cambio, sí lo es que en los institutos, escuelas públicas y centros concertados subvencionados con dinero público se estén impartiendo clases de religión. El adoctrinamiento religioso no cabe en un estado laico. Distinto es que los miembros de la comunidad educativa luzcan cruces, rosarios, o porten hiyab o tocas.
En segundo lugar, y desde una óptica más de género, no podemos confundir el hiyab con el burka o el niqab. El primero, solo cubre el pelo y las mujeres musulmanas, en general, no lo consideran un símbolo de sometimiento al hombre. En cambio, las otras dos vestimentas representan más que una simbología religiosa una ideología extremista, que invisibiliza a la mujer y la anula como persona.
Hablando de desvelar, sería de esperar que las comunidades educativas, que considerasen el velo como un agravio hacia la chica, muestren una especial sensibilidad social ante las realidades que pueden vivir las familias de esas jóvenes a causa de una ley de extranjería que las considera ciudadanos de segunda o sencillamente no ciudadanos, ya que algunos ni tienen papeles.
Por último, los reglamentos de los centros educativos están cada vez más abocados en convertir a los profesores y maestros en policías, jueces, abogados, fiscales, cuidadores, guardias jurados,... diluyendo, al mismo tiempo, su condición inigualable de educadores y enseñantes. Hay casos en que pueden pecar, valga el dicho religioso, de ser más papistas que el Papa haciendo unos reglamentos o normas que atentan incluso contra la Constitución y las propias leyes educativas.
Aprendamos de debates superados, como es el caso del Reino Unido; apostemos por la interreligiosidad, que solo puede desarrollarse en estados laicos y democráticos; participemos de una sociedad intercultural enraizada en los derechos humanos y en los principios éticos universales que nos hacen personas con dignidad, capaces de convivir bajo el marco de la pluralidad y la justicia. Hagamos uso del sentido común.

* Profesor y asesor de la Cátedra de Interculturalidad de la UCO

martes, 24 de marzo de 2009

La doble moral

El 8 de marzo de 1990, mi comunidad cristiana Sin Fronteras escribía con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora en este mismo periódico: "Desechamos cualquier tipo de relación entre lo que verdaderamente es la lucha feminista con el delito del aborto". En el verano de ese mismo año viajé a Perú, en donde compartí mi vida con las comunidades campesinas de los Andes y con las comunidades de los pueblos jóvenes de Lima. La realidad me curó la ceguera que me provocaba la moral católica que pretende dominar las conciencias desde la gran balconada de la plaza de San Pedro, al igual que el príncipe medieval observa sus pueblos y condados desde el gran ventanal de su castillo.
Mi corazón sufría cada vez que una mujer campesina moría desangrada al intentar abortar por haberla violado algún desaprensivo. Mujeres, algunas de ellas religiosas, me enseñaron desde la vida a ver la realidad poniéndome en el lugar de las que decidían abortar ante las duras situaciones en las que estaban viviendo. ¡Cómo recordaba lo fácil que es enjuiciar y penalizar desde la barrera! Se me caía la cara de vergüenza.
A mi regreso a Córdoba, decidí comprometerme con las personas más excluidas. Con mis ojos abiertos, seguía viendo cómo las mujeres de estas zonas se quedaban embarazadas con pocos años y eran víctimas del maltrato y la desprotección, lo que les llevaba en algunos casos a abortar. Eran acompañadas por mujeres comprometidas, algunas pertenecientes a órdenes religiosas, a las clínicas que practicaban la interrupción del embarazo. No era tarea fácil, todas las personas tenemos nuestras contradicciones, sin embargo primaba el ponerse al lado de la mujer más machacada por su realidad social. Incluso llegué a compartir esta dura experiencia con una de ellas.
Con el paso del tiempo, fui descubriendo la doble moral de nuestra sociedad, alimentada por una doctrina católica que castiga y culpabiliza, mientras su jerarquía condena el preservativo, que puede evitar miles de muertes por sida en Africa. Una jerarquía preocupada por sus concordatos y privilegios mientras se mueren miles de inmigrantes en aguas del Estrecho o del Atlántico y no condenan las injustas leyes que conducen a tan tremenda inhumanidad.
Me siento cristiano y defensor de los derechos humanos, quiero que mis hijos estudien la asignatura de Educación para la Ciudadanía, aplaudo leyes como la del matrimonio homosexual o la despenalización del aborto, denuncio a cualquier parlamento que aprueba terribles leyes injustas, como la ley de extranjería. Me horroriza un sistema penal y penitenciario que encarcela a miles de excluidos, mientras perdona una y otra vez a los más pudientes.
Invito al movimiento cofrade, al que pertenezco desde hace más de treinta años, a que reflexione seriamente sobre los intereses de la jerarquía, que en muchas ocasiones nada tienen que ver con los del ser humano. Y de llevar lazos, harían falta palios en Córdoba para ponerlos por cada violación de derechos humanos que se cometen en el mundo: muertes en patera o cayuco, muertes por malos tratos, muertes por hambre o falta de medicinas, muertes por guerras, muertes a causa de leyes injustas; en definitiva, violaciones a personas concretas con nombres y apellidos.
* Profesor y presidente de la

Asociación Kala 

miércoles, 4 de marzo de 2009

MUJERES CON MAYÚSCULAS

Actividades como estas nos abren la ventana de nuestras entrañas para ver y contemplar a:
Mama Dolores que pide que el llanto y la pena no le ganen la partida.
Lichi que pide nuestra complicidad sin despojarla de sus raíces.
Antonia la Húngara, claro ejemplo de resistencia a través de los surcos de su cara.
Pilar que quiere que la miremos como nos mira, de frente.
Ramona que sólo busca ternura y respeto.
Mama Isabel está cansada de que queramos saber de ella más que ella misma.

            Actividades que nos muestran la realidad tal cual es: desvelando el sufrimiento y la deshumanización de mujeres empobrecidas, que aún lo tienen más difícil cuando pertenecen de una etnia o cultura minoritaria.

            Actividades que aportan un granito de arena a la comprensión y al ejercicio de una ciudadanía solidaria y responsable.

            Precisamente en este contexto de lucha social, en la Calle Torremolinos,  me encontré con mujeres como las aquí presentes, “canela pura”:
Yolanda, en los talleres con nenas de la C/ Torremolinos ¡Cuánta paciencia!
Fali, luchadora incansable en Palmeras ¡Cuántas alegrías y lágrimas!
Y de la mano de ellas a Transi, mujer comprometida con su pueblo, y a Carmen, conocedora de la política social y agente activa de la misma.

            Ellas son un libro vivo de interculturalidad. Tenemos la suerte de que a través de nuestros ojos y oídos podamos acercarnos a este ejercicio de navegar entre culturas.

Termino con un recuerdo a la Mora: “después de tanta historia, tantos caminos, tanta crianza, sólo espero tu respaldo, aun si algo no comprendes”.

           



Córdoba, 4 de marzo de 2009.

                                                 Miguel Santiago Losada

miércoles, 11 de octubre de 2006

LOLI, LUCHADORA INFATIGABLE


            El pasado domingo nos levantamos con la dolorosa noticia de la muerte de Loli, una de las personas más queridas de nuestra Asociación.

         Loli fue una de las primeras madres que se incorporaron en la asamblea de familiares de presos de la APDHA. Una mujer de una calidad humana y de una sensibilidad, que le llevaron a ser  portavoz del dolor y sufrimiento de centenares de madres de jóvenes, que son víctimas de la terrible enfermedad de las toxicomanías, terminando por delitos relacionados con las mismas en las cárceles.

Loli padeció en su corazón durante mucho tiempo la dura realidad de su hijo, el maltrato institucional al que fue sometido en la cárcel, los desprecios que sufría cuando iba a visitarlo, la impotencia que sentía ante tanta injusticia de ver a muchos jóvenes machacaítos por la droga y por un sistema penitenciario que agrava aún más la situación, en vez de rehabilitarlos y devolverles la                          dignidad.

         Loli fue testigo de tanto destrozo y dolor que tuvo el coraje y la valentía de denunciarlo y de exigir, al mismo tiempo, una justicia que fuera capaz de subsanar tanta deshumanización. Para ello participó en ruedas de prensa, entrevistas, manifestaciones, conferencias, mesas redondas,… Aún recordamos su intervención en las últimas Jornadas Universitarias de la APDHA en las que, junto a otras madres y con el corazón en la mano, manifestaba todo el vía crucis que estaba padeciendo junto a su hijo.

         Loli por todos los motivos  anteriores y, sobre todo, por su calidad humana fue la persona, junto a otra mujer luchadora incansable de los barrios más desfavorecidos, que recibió el primer premio de derechos humanos que nuestra Asociación concedió el 10 de diciembre de 2001.

         Sin embrago, Loli no pudo más. Su tremendo corazón de persona y de madre se desangró, sus fuerzas se desvanecieron y su alma quebró  ante tanto sufrimiento.

         Loli nos deja huérfanos de su entrañable y dignísima presencia; aunque su espíritu de bondad y rabia ante las injusticias siempre estarán presentes. 
                                                                  Córdoba, 11 de octubre de 2006
                                                                     Miguel Santiago Losada
                                                              Coordinador Área marginación APDHA