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jueves, 10 de junio de 2010

Yo tambien puedo ser un enfermo

Durante estos últimos días me siento profundamente consternado al saber que un grupo de vecinos de la zona de la avenida del Aeropuerto se han manifestado para mostrar su rechazo a la apertura de un centro de salud mental, perteneciente a la Fundación Andaluza para la Integración Social del Enfermo Mental, en un edificio anexo al ambulatorio de la avenida del Aeropuerto.
Según estos vecinos, dicho centro genera inseguridad ciudadana y no es el lugar más idóneo para ubicar esta instalación, debido a la cercanía con varios colegios y áreas de ocio. Llegaron a manifestar que los padres ya no vamos a poder estar tranquilos de que nuestros hijos jueguen en la calle porque no sabemos cómo pueden reaccionar este tipo de personas. Esperemos que estas personas que padecen tal enfermedad y sus familiares no se vean amenazadas en un futuro por unos ciudadanos educados en el temor y el miedo a lo diferente, a lo distinto, en este caso, padecer una enfermedad.
Vuelven a aparecer en nuestra ciudad síntomas de rechazo social a las personas que por unos motivos u otros son más vulnerables. Unas veces fue porque hubo vecinos que no querían apartamentos para ancianos o jóvenes, otras veces porque no querían centros de reinserción social para personas que padecen el terrible drama de las toxicomanías, otras porque no veían con buenos ojos centros de reinserción laboral para personas presas que se encuentran en tercer grado, otras porque rechazaban centros de acogida para transeúntes,-
Una entrañable amiga y abuela de etnia gitana decía que todas las personas tenemos una loseta en el hospital y otra en la cárcel. Desde la sabiduría que da la vida, nos quería transmitir que nadie está libre de padecer, en algún momento difícil de nuestra vida, alguna situación que nos lleve al terreno de la vulnerabilidad. Hoy en día, con la situación de crisis que estamos pasando, podríamos estar más sensibles a este mensaje, porque nadie está libre de padecer alguna enfermedad, adicción o de acabar por mil circunstancias en los lugares mencionados por la abuela.
Seguro que no es raro encontrar, entre los vecinos que viven en la kilométrica avenida del Aeropuerto, alguno que esté tomando tranquilizantes, alguien que padezca alcoholismo, niños que sufran las consecuencias de lo anterior. ¿Y qué hacemos, nos ponemos intranquilos porque no sabemos cómo pueden reaccionar? ¿En qué familia no hay alguien que padece de depresión, ansiedad, anorexia, adicciones o esquizofrenia? ¡Por favor, un poquito de sensatez!
Este tipo de manifestaciones, por suerte minoritaria en este caso, están basadas en la ignorancia y el desconocimiento de lo que es la enfermedad mental. Reflejan un miedo infundado que saca de lo más profundo del ser humano ese lado oscuro que, como no sea cultivado desde los valores y desde la educación en derechos y deberes, puede convertirnos en la mayor amenaza para la convivencia y el desarrollo de nuestra sociedad, puede hacer rebrotar peligrosas xenofobias de las que esta vieja Europa tiene sobrados ejemplos en su historia.
Por último, cuidemos a nuestros niños y niñas. Me preocupa mucho ver, en este tipo de manifestaciones, a críos de la mano de sus padres y madres para mostrar intolerancia, incomprensión y falta de sensibilidad con las personas que más la necesitan. Podríamos calificar a estos menores, utilizados por su familia y rodeados de pancartas, en situación de riesgo. Espero que como adultos reflexionen y transmitan a los más pequeños valores de igualdad, solidaridad, comprensión, justicia y paz, para que el día de mañana lleguen a ser personas íntegras.

* Profesor y presidente de la Asociación KALA

viernes, 13 de agosto de 2004

CRISIS DE DERECHOS


"Estamos avergonzados de que en 2004 alrededor de 38 millones de personas estén viviendo con VIH/sida y luchando las mismas batallas después de dos décadas", señaló la declaración oficial de la Conferencia Internacional de Bangkok celebrada en julio. La situación es tan extremadamente grave que podríamos calificar a la epidemia de crisis de derechos humanos como señala la secretaria general de Amnistía Internacional (AI), Irene Khan. Esta realidad presenta su máximo exponente en la Africa Subsahariana que soporta una asfixiante deuda externa, pagando cada año 15.000 millones de dólares, cuatro veces lo que los mismos países africanos gastan en salud y educación, las dos mejores medicaciones para combatir el sida. La violación de los derechos humanos que sufren, sobre todo los países del llamado Tercer Mundo, acrecienta la vulnerabilidad de las personas al contagio, cebándose con los sectores más excluidos de la sociedad. Precisamente, el factor de la injusticia social o desigualdad social es el primero en impulsar la pandemia. Curiosamente la Iglesia Católica vive una fuerte esquizofrenia en este asunto, mientras unos/as se dejan la piel luchando contra estas enfermedades e injusticias, otros, desde sus cómodos despachos vaticanos, dictan normas morales alejadas y distantes de la sociedad actual y que pocos son capaces de cumplir. No debemos pasar por alto nuestra realidad más cercana. En Europa Occidental 580.000 personas padecen el VIH/sida, de las que 6.000 murieron el pasado año. En nuestro país existe una aceptable cobertura sanitaria y educativa, pero no olvidemos que el gobierno del PP recortó las ayudas para las personas que padecen el sida. Es urgente que el gobierno del PSOE devuelva este derecho a los enfermos/as, y ofrezca medidas alternativas a los infectados/as que están presos/as. 

miércoles, 10 de diciembre de 2003

LAS MANOS QUE ABRAZAN LOS DERECHOS HUMANOS

A la sexta planta.

Hace no más de tres semanas, quizás un mes, un niño de doce años corría a los brazos de su madre por el miedo que sentía ante la cámara de un fotógrafo desaprensivo, que violaba su intimidad familiar, ante el dedo acusador de una funcionaria de los servicios sociales comunitarios y la complicidad de una vecina, todos ellos empeñados en demostrar una supuesta situación de desamparo del pobre chavalito.

Una persona sin techo, sin hogar, moría en una madrugada de Noviembre en los alrededores de la Facultad de Medicina. ¿Por quién desamparado? ¿Hacia dónde debería apuntar el dedo acusador y criminalizador?

Una mujer desesperada hace un intento de suicidarse en el río Guadalquivir ante la falta de una vivienda digna, para poder compartir un espacio cálido con su familia.

Los últimos meses han seguido engrosando  la trágica lista de muertes en prisión por sobredosis o por enfermedades terminales. En el mejor de los casos, llegaron al Hospital unas horas antes de morir. ¿Hacia dónde debería apuntar el dedo acusador?

Se nos sobrecogían las entrañas cuando murieron ahogados todos los ocupantes de una patera porque no se contaba con los medios suficientes para su salvamento. En cambio, no se escatima en medios para criminalizarlos, para expulsarlos de esta tierra que siempre fue acogedora para devolverlos a una tierra de maquilladas dictaduras que provocan hambre y desesperanza. Pronto olvidamos nuestro pasado.

Durante este año hemos visto manifestaciones de dedos acusadores que no quieren centros de ayuda para las personas más necesitadas de nuestra sociedad. Aunque la persona que se esconde detrás del dedo acusador siempre se disfraza de solidario, tolerante, comprometido, pero a Kilómetros de distancia.

Maldito dedo acusador cuando, además, apunta hacia la propia vecindad, provocando una guerra entre vecinos, empeñado en mostrar la imagen más fea de su propio barrio, convencido de que la solución está en la seguridad policial. Una seguridad que generó, en un alarde de prepotencia, ordenada por la autoridad competente, un despliegue de fuerza por tierra y aire en una de las zonas más vapuleadas por la discriminación y la