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martes, 3 de enero de 2017

EL ABRAZO DE MOHAMMED

El año 2016 comenzaba con el abrazo del niño Mohammed que, al igual que otros niños, nos acompañaba en el inicio del nuevo año alrededor de un apetitoso cuscús preparado por las madres de una aldea de la extensa campiña marroquí. Nos juntamos una gran familia formada por hombres y mujeres, jóvenes y muchos niños donde imperaba el lenguaje de la sonrisa, de la acogida, del abrazo y de la humanidad.
El ser de diferentes culturas y religiones no significó establecer muros de discordia, por el contrario, y como ocurre con más frecuencia de lo que nos hacen creer, la convivencia y el entendimiento entre las personas de buena voluntad siempre fluye por doquier. Las discordias, mayoritariamente son provocadas por los que se creen más creyentes que nadie, por los que se creen que su dios es el único y verdadero, por los que se toman el nombre de Dios en vano a través de doctrinas fundamentalistas, que nada tienen que ver con las verdadera esencia del ser humano, doctrinas que conducen a la inmoralidad de condenar, dividir, culpabilizar e incluso matar, a la vieja usanza inquisitorial.
En el lenguaje del abrazo descrito al inicio, no caben las palabras de algunos jerarcas católicos que nos hablan de que la fecundación in vitro es un aquelarre químico, que cuestionan el acogimiento a los refugiados, que consideran a la homosexualidad como una deficiencia sexual. Tampoco caben las actitudes  de algunos imanes que pretenden condenarnos al infierno por besarnos entre hombres y mujeres y cuyos sermones conducen al odio, a la enemistad e incluso a la muerte. Tampoco valen las palabras de algún rabino que celebra la segregación de los hermanos palestinos o que bendice la destrucción de casas de centenares de familias. Y por supuesto, tampoco ha lugar la discriminación que sobre la mujer ejercen todas estas estructuras religiosas.
La fiesta fue posible porque tanto disparate se quedó en la puerta y el pequeño Mohammed pudo abrazarnos con toda su alma al despedirnos. No estaba contaminado de esa doctrina castrante que inhumaniza y va en contra de la propia divinidad.
Muy posiblemente el alma del papa Francisco este imbuida de la misma humanidad que la del pequeño Mohammed al pedir  un diálogo entre religiones para lograr frutos de paz y de justicia ya que, como él dice, la única certeza reside en que todos somos hijos e hijas de Dios. La utopía quedó escrita hace dos mil años en las palabras de uno de los mayores profetas de la historia, Jesús de Nazaret: “tuve hambre, y me distéis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Dejemos que nos cale la palabra salida de las entrañas, brotada del corazón, nacida de lo mejor del ser humano. ¡Qué en 2017 lo podamos sentir y vivir!

                                                                                Córdoba, 28 de diciembre de 2016
                                                                         Miguel Santiago Losada

                                             Profesor y miembro de Comunidades Cristianas Populares

viernes, 8 de enero de 2016

ME SIGUEN HUMANIZANDO

                                         
En los previos a las vacaciones de Navidad, uno de mis grupos de primero de la ESO me siguió humanizando al observar, a través de la transparencia de sus ojos, la frescura de sus vidas y la naturalidad con la que expresan las dificultades económicas, sociales y personales en las que se desenvuelven día a día. Me encuentro con el esfuerzo de algunos niños/as que, a pesar de sus condiciones de vida, son capaces de aprobar sus asignaturas. Descubro cómo tengo alumnos/as que, ante el dolor que sienten por los problemas de sus familias,  no rinden en sus estudios y muestran su rebeldía mediante actitudes inadecuadas con sus compañeros y profesores. No me olvido del alumno que, a pesar de su diversidad, y no discapacidad, psicológica, es capaz de obtener uno de los mejores resultados de clase, lo que no le exime de desarrollar un esfuerzo considerable para aprender a convivir en el grupo. No me faltan los preadolescentes sobreprotegidos y contagiados por la tele basura que, queriendo jugar el rol de “hermano mayor”, dificultan su educación y la de sus compañeros, generando un verdadero sufrimiento a sus padres. Y por supuesto, en este crisol no falta el chiquito de familia inmigrante que, a veces, ya siente el desprecio por sus carencias materiales y por el color de su piel. En este grupo donde prima la diversidad tampoco faltan las chicas que se sienten indignadas por el comportamiento machista de alguno de sus compañeros.

Son baños de realidad de nuestros niños/as que, con apenas 13 años, tienen que encajar los avatares más duros de la vida, situaciones que a más de una persona adulta le acarrearía ansiedad o depresión.
Acaban de salir de las urnas los nuevos responsables políticos para los próximos cuatro años. Entre sus prioridades, al menos una de las primeras, debería estar el conocimiento de esta realidad transversal que recorre todo el país. Sin dilación, deben ponerse manos a la obra para alumbrar una ley educativa que responda a las necesidades de todos estos niños y niñas, futuro del país. Hace falta una ley que apueste claramente por la inclusión educativa, posibilitando una formación compensatoria que cubra las lagunas de los más necesitados. Una ley educativa que garantice un sistema de becas para que ningún joven deje de estudiar por necesidades económicas. Una ley educativa que seleccione a los profesionales más vocacionados y preparados para la enorme tarea de educar y formar a lo más sensible de nuestra sociedad que, junto a nuestros mayores,  son nuestros niños y niñas. Una ley que apueste por la educación de género, la educación en los derechos humanos y los valores éticos y que no permita que el alumnado tenga que elegir entre estos valores universales o religión, algo anacrónico y fuera de lugar en un Estado democrático, social de derecho y aconfesional. Es flagrante, escandaloso y atenta contra lo más sagrado en una sociedad moderna que un alumno se vea obligado a elegir entre Religión, Cultura Científica y Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Como profesional de la educación me sonrojo ante tamaño disparate del actual sistema educativo.

Y junto a una nueva ley educativa es necesario una política económica al servicio de la ciudadanía, que posibilite a nuestros jóvenes acceder a un mercado laboral acorde con sus conocimientos y talentos, no viéndose abocados a emigrar como viene ocurriendo en los últimos años. Sólo así, y no de otra manera, podremos sentirnos orgullosos de un país que puede responder a la pregunta de este antiguo poema japonés:

                               “¿Me preguntáis cuál es la suprema felicidad aquí abajo?
                        Escuchad la canción de una niña que se aleja después de haberos
                        preguntado el camino”.


                                                                                  Córdoba, 27 de diciembre de 2015
                                                                                         Miguel Santiago Losada

                                                                                                     Profesor

jueves, 9 de diciembre de 2010

Por el bien del menor

La ley 1/1998, de 20 de abril, que trata de los derechos y la atención al menor en Andalucía, establece como primer principio primar el interés superior del menor frente a cualquier otro interés legítimo. De lo anterior se desprende la tan manoseada frase "por el bien del menor".
Sin embargo, cuántas injusticias y violaciones a los derechos humanos, en este caso a los derechos de la infancia, se cometen bajo el paraguas de esta ley, que pretende favorecer a uno de los sectores más débiles de la sociedad como son las personas más pequeñas necesitadas de mucho amor y seguridad.
Por el bien del menor se han retirado niños a familias que se encuentran en situación de riesgo social, o lo que es lo mismo, padres y madres que padecen la pobreza o la exclusión social. La ley de la atención al menor establece medidas para evitar estas situaciones de riesgo, que precisamente recoge la ley de inclusión social y que aún no se ha puesto en marcha a pesar de la grave situación social en la que se encuentran miles de familias andaluzas.
Por el bien del menor la policía autónoma puede intervenir directamente en los centros educativos llevándose a un niño, que se encuentra en clase con los demás compañeros, a un centro de menores por una orden de retirarlo de su familia por parte de la Administración andaluza. Esto significa desconfianza sobre ese colegio por parte de las familias y del propio trabajo que contra el absentismo escolar realizan los profesionales de la enseñanza y los diferentes educadores que trabajan en estos barrios.
Por el bien del menor se elaboró un reglamento de derechos y deberes del alumnado que utiliza el mismo planteamiento incriminatorio del poder judicial a la hora de resolver los problemas que pueden acontecer en los colegios e institutos. Es verdad que hay maestros y profesores empeñados en una mediación escolar educativa; sin embargo se siguen utilizando medidas más coercitivas que educativas a la hora de querer solventar los problemas. La expulsión de los centros es una medida cada vez más generalizada, que va contra la propia ley de educación, que prima el derecho a la educación por encima de cualquier otra premisa.
Por el bien del menor algunos medios de comunicación, con la excusa del derecho a la información, mancillan la dignidad y el honor de los niños y sus familias realizando intromisiones ilegítimas que van contra los propios derechos de la infancia. Los programas basuras y, podríamos añadir, los políticos basura utilizan estas duras realidades para obtener pingües beneficios económicos o electorales.
Por el bien del menor los menores extranjeros no acompañados recibirán la misma protección que cualquier otro menor que se encuentre desamparado. Sin embargo, esas mismas personas, responsables de velar por la protección y seguridad de los niños y adolescentes procedentes de países empobrecidos, permiten que salgan de los centros de protección de menores sin permisos de residencia, permiten que algunos terminen en centros de transeúntes, se olvidan de ellos una vez que cumplen los 18 años e incluso dudan de su minoría de edad, que sus pasaportes del país de origen avalan, para criminalizarlos y expulsarlos sin ningún miramiento.
Por el bien del menor en 2008, último año en el que hay cifras oficiales disponibles, los menores españoles necesitados de protección acabaron mayoritariamente en centros de protección, y sólo 4.000 de los 16.000, o sea una cuarta parte, fueron acogidos por familias. Justo lo contrario de lo que ocurre en los países más desarrollados de la UE. El niño lo que necesita siempre es una familia que le de mucho amor, ternura y seguridad, lo que un centro, por muy buenos profesionales que tenga, nunca podrá ofrecerle. Haría falta revisar en profundidad en manos de quién están estos niños/as, cómo están siendo atendidos, qué está primando cuando la gestión es llevada por empresas o entidades no lucrativas, sobre todo ahora en época de crisis; por dónde se está recortando, cómo y quién está valorando la calidad del servicio de estos centros de gestión indirecta. Lo que cuentan los chavales que salen de algunos, y remarco lo de algunos, de estos centros, así como los/as educadores/as, trabajadores o ex trabajadores de los mismos, a veces nada tiene que ver con el bien del menor por lo que no estaría mal que la Administración pública competente anduviera con mayor preocupación ante cómo están siendo atendidos/as estos/as niños/as.
Es necesario más corazón en una tarea que exige la máxima delicadeza porque estamos ante lo más vulnerable, niños y niñas, adolescentes que a veces chillan, alborotan, patalean para reclamar nuestra atención ante la desesperada situación de inseguridad en la que se encuentran. Una sociedad enferma es aquella que tiende a protegerse de sus niños/as en lugar de protegerlos por lo que hay que estar vigilantes ante la aparición de tales síntomas.

* Profesor y presidente de la Asociación KALA

miércoles, 18 de julio de 2007

SEA LA PROTECTORA Y CUIDADORA PUBLICA DE LOS NIÑ@S Y NO SU AMENAZA, SRA. CONSEJERA


            Una tarde otoñal de 1992 cuando estaba reunido con mi equipo de educadores de la calle Torremolinos (barriada del Sector Sur de Córdoba) un grupito de chavalitos de la calle nos trajo a un joven inmigrante sin papeles, que apenas tendría los 18 años, para que le ayudásemos a buscar a su padre que se encontraba en nuestra ciudad. Antes de dejarlo en nuestras manos, los chavales nos pusieron una condición: “no llaméis a la policía”. Al día siguiente, después de haber pasado la noche en casa, desplegamos a toda nuestra gente para que Mohamed se encontrase con su padre. Aún recordamos, con ojos humedecidos, a ese padre abrazando con todas sus fuerzas a su hijo y comiéndoselo a besos. Ese mismo día, del año mágico de la Expo de Sevilla, el mar Mediterráneo seguía arribando a sus orillas los primeros inmigrantes africanos que intentaban llegar a nuestras costas.
            Tres años más tarde, octubre de 1995, recogía en la estación de ferrocarriles de Córdoba a Nöel, joven camerunés que llevaba más de un año en el infrahumano campamento ceutí de Calamocarro, gracias a la mediación del Padre Béjar, un cura entrañable, que puso todo su empeño para librar del infierno a decenas de subsaharianos enviándolos a la Península.
            A principios del año 2001 un grupo de personas solidarias de Algeciras se puso en contacto con la delegación de la APDHA de Córdoba para que nos hiciéramos cargo de un chavalito de 15 años recién cumplidos, que había estado apunto de ahogarse en la patera que lo condujo a las orillas andaluzas. Años más tarde, sería otro adolescente marroquí el que compartiese mi hogar y mi familia, enriqueciéndonos todos.
            Mientras tanto el Estrecho se convertía en una gran fosa común en la que miles de jóvenes inmigrantes, llamados por la esperanza de encontrarse con un mundo mejor, dejaron sus vidas.
            Con el tiempo crucé el Estrecho y me adentré en el corazón de Marruecos. Conocí a las familias de mis chavales y a muchos jóvenes. He constatado que si las madres están atormentadas por la falta de futuro para sus hijos, aún lo están más cuando alguno de ellos decide venirse para Europa, poniendo la vida en peligro.
            Una tarde de agosto tomándome un té en una cafetería de Settat, ciudad a 50 Km de Casablanca, con Ahmed, un joven universitario de veintitantos años, me confesaba que se pasaba las horas muertas preguntándose una y otra vez ¿y ahora qué? Un joven intelectual que me analizaba la situación de su país y del mundo con un sentido común aplastante. A la UE, me contaba, lo único que le importa es tener contento a Mohamed VI para que le siga siendo un guardián fiel del estrecho y un gendarme del integrismo religioso. Cómo mucho llegan algunos euros a los pueblos y ciudades que se destinan a su embellecimiento, para que después puedan ser disfrutadas por los mismos españoles y europeos. Mientras tanto la desesperanza aumenta día tras día entre la población, y más cuando nos venden, a través de las imágenes, el nivel de vida del primer Mundo. Es como para volverse locos. Lo que me llega a provocar más, me decía, es el comportamiento cínico de vuestros políticos cuando desembarcan en tierras marroquíes prometiendo el oro y el moro, nunca mejor dicho. Después te das cuenta que todo es mentira para el pueblo. Cada vez endurecen más las leyes de extranjería, cada vez  hay más palizas de la policía a los chavales que quieren buscarse la vida para cruzar el estrecho en los puertos,… Y para colmo de males  expulsan a los chavales de España sin el más mínimo escrúpulo, acogiéndose a que están mejor con sus familias biológicas. O no se enteran o sencillamente no tienen vergüenza.
            ¿Por qué cuento todo esto? Llevo un mes dándole vueltas a las últimas declaraciones que viene haciendo la Consejera de Igualdad y Bienestar Social, Micaela Navarro. Si soy sincero sacó siempre una conclusión de las mismas: ¡por favor, Zapatero, déjame expulsar a los menores inmigrantes! Su intención, por supuesto, la reviste de argumentos como que: “los menores deben estar con sus familias”. Tiene perlas mejores: ¿Para qué buscarles familias de acogida si ya tienen la suya?, viene a decir la señora consejera. Y hay afirmaciones que demuestran que no es la mejor consejera con competencias para proteger a los niños cuando dice que la Junta ya no puede asumir a más menores inmigrantes porque los centros de los que dispone están abarrotados, y hace las veces del responsable de Interior diciendo que hay que expulsarlos. Señora Consejera, por favor, dígale a su compañero de Economía de la Andalucía imparable, que amplíe el presupuesto para estos niños, porque ni son tantos niños ni es tanto el presupuesto que se necesita, y más aún teniendo en cuenta que en sólo quince días su consejería se gastará en septiembre  1.700.000 euros en Eutopia 07.

            No quiero ni pensar que los colectivos sociales andaluces nos veamos como en la comunidad de Madrid: parando aviones, moviéndonos a la carrera por los despachos de los juzgados para que los jueces suspendan las órdenes de expulsión, escondiendo a chavales de la persecución administrativa y policial.

Sra. Consejera, sea la protectora y cuidadora pública de los niños y niñas y no su amenaza. Son niños y como tal deben ser tratados. En cambio, deduzco por sus declaraciones que para Vd. son inmigrantes ilegales a los que hay que repatriar. Si algún niño es expulsado de nuestra comunidad obviando todas las garantías que establecen nuestras leyes nacionales e internacionales Vd. será una de las principales responsables, y por el bien de los menores, debería de abandonar el cargo que ostenta.



Miguel Santiago Losada
Profesor y Coordinador del Área de Marginación de la APDHA

Córdoba, 18 de julio de 2007

miércoles, 21 de junio de 2006

NUESTROS MENORES, NUESTRO FRUTO

Con el paso del tiempo me sigo planteando la misma pregunta ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo?

Raro es el día en el que los medios de comunicación no salen noticias de maltratos a niños o de menores que maltratan a personas, en algunos casos indigentes. El  mismo profesorado está muy preocupado por la indisciplina y los conflictos y más aún cuando se constata que la mayoría de ellos ocurren entre chavales de 14 ó 15 años.

De situaciones como las anteriores se desprenden conclusiones como las del juez de menores, Emilio Calatayud, que vincula el fracaso escolar con la delincuencia, lo que lleva a que los centros de reforma de nuestra comunidad se estén llenando. Al día de hoy, los 750 jóvenes recluidos en estos centros, suponen casi el 95% de las plazas disponibles.

Este dato no nos debe extrañar, ya que el aumento de delitos cometidos por menores sigue creciendo. En estos últimos días un informe del fiscal jefe de la Audiencia Provincial de Córdoba situaba este crecimiento en un 64%, de los que el 21% fueron realizados por menores de 14 años. Según dicho informe el perfil del menor que agrede o delinque pertenece, cada vez más, a familias normalizadas, o sea, fuera del entorno de la exclusión social.

Por otro lado, un estudio del Plan Nacional sobre Drogas señala que el consumo de alcohol entre los jóvenes de 14 a 18 años ha aumentado un 15 % en sólo dos años. Este mismo organismo nos ponía encima de la mesa, hace unos meses, que 40.000 menores corren el riesgo de quedar enganchados al “cannabis”.

Ahí están los datos del aumento en el consumo de drogas y alcohol, que son la consecuencia de la desprotección social y familiar, y de una educación carente en valores.

Hace unos años analizábamos estas situaciones como consecuencia de la marginación y de la exclusión social. Sin embargo, estas conductas han llegado a los “mejores barrios”, a las familias “estructuradas y normalizadas”. Jueces, profesores, médicos, trabajadores de lo social,… están destapando esta realidad que se ceba contra uno de los sectores más débiles de la sociedad: nuestros niños y adolescentes.

Nos encontramos ante un gran fracaso social, en el que no caben la frivolidad ni el   cinismo de echar principalmente la culpa y la responsabilidad de sus actos a los menores. Ellos son el fruto de nosotros. Luego, al igual que sus éxitos son fruto de nuestros éxitos, sus fracasos son, aún más, el fruto de los nuestros. Sus actitudes son las consecuencias del caldo de cultivo que les hemos cocinado a base de ingredientes como el individualismo y la competitividad, el ganar dinero fácil y con el mínimo esfuerzo, la violencia y la explotación, la depresión que supone la insensibilidad humana,…

¿Podemos seguir pensando, desde el conocimiento de la realidad, que las mejores soluciones para nuestros menores pasan fundamentalmente por las expulsiones escolares, por la creación de centros de reforma, por aumentar las penas y endurecer la ley penal del menor? ¿Seguiremos impasibles al contemplar como lo más sagrado de la sociedad, el niño, es víctima de la falta de cariño y de la educación en valores, que requieren toda nuestra máxima atención y tiempo? Al menos, utilicemos el sentido común.


                                                           Miguel Santiago Losada
                                                 Coordinador del Área de Marginación
                                                                     APDHA-A

                                                  Córdoba, 21 Junio de 2006  

jueves, 22 de diciembre de 2005

“LOS SANTOS INOCENTES”

No sabría decir cuál de los siguientes sentimientos embargan más mi corazón, si la impotencia, el dolor o el desánimo. Sin embargo, lo que no me cabe la menor duda es la preocupación que tengo ante el actual panorama social.

Cuando nuestra ciudad padece situaciones de intolerancia como los rechazos a diferentes centros sociales de algunos ciudadanos que se consideran santos e inocentes, o cuando el Ayuntamiento, en lugar de poner en servicio centros de acogida, dispone de un teléfono para que los vecinos denuncien a los excluidos por hábitos como la mendicidad, nos llegan noticias de otros lugares que ahondan sus raíces en una misma  actitud: la intolerancia. Esta intolerancia va calando con actitudes y medidas como las expuestas y luego acaba derivando en frases como: se nos ha ido de las manos.

Un chaval de catorce años en una discusión le da un corte en el cuello a su padre causándole la muerte en un pueblo jienense. Tres jóvenes de entre dieciséis y diecinueve años y de las llamadas familias normalizadas queman viva a una pobre mujer indigente en Barcelona. Aunque sucesos de distinto cariz tienen un denominador común, la intolerancia, que conduce a la agresividad e incluso al homicidio. Intolerancia que va desde el rechazo al diferente a deshacerse de él.

Por tanto y a la vista de los acontecimientos nos debe preocupar qué clase de sociedad estamos construyendo para que en ella, y en particular en nuestros hijos, vaya anidando este sentimiento irracional de odio y violencia.

La justicia ha decretado la encarcelación inmediata para estos jóvenes e incluso algunos sectores de la ciudadanía más santa e inocente levantan su voz pidiendo un mayor endurecimiento de las penas. Ya son más de 700 menores los encerrados en centros de los llamados de reforma en Andalucía. Al ritmo que vamos tocaremos pronto el techo de los 1000. ¿Es este el camino: enseñar a odiar y, al mismo tiempo, condenar al que odia? ¿A que se debe tal esquizofrenia?

En mi opinión, lo primero que debemos preguntarnos es el porqué de tanto odio e intolerancia. El caldo de cultivo lo encontramos en actitudes xenófobas y racistas generadas por un mercado que gana enormes beneficios con películas, series, publicidad, videojuegos y demás artículos que incitan a la destrucción del ser humano, por una educación carente de valores, por una política de sonrisitas que, a base de contentar a la ciudadanía más santa e inocente para ganar el mayor número de votos, desprecia la ideología que profesa.

La solución a tanto sinsentido y falta de humanidad es la educación en valores, una ética universal basada en la defensa de los derechos humanos. Sé que no es fácil pero, al menos, estemos alerta para no tomar medidas que favorezcan lo contrario.


                                                                          Miguel Santiago Losada
                                                                  Coordinador del Área de Marginación
                                                                                    APDHA

                                                                   Córdoba, 22 de diciembre de 2005 

jueves, 22 de julio de 2004

¿NIÑOS PELIGROSOS O EN PELIGRO?

Resulta un tanto alarmante la situación que estamos viviendo con nuestros niños socialmente más desprotegidos: algún que otro "profesional de lo social" que airea las realidades más íntimas y personales de las familias más vulnerables exigiendo la retirada de sus hijos, en lugar de hacer una intervención correctora de riesgos. Algún que otro/a profesor/a que expulsa de las aulas a incómodos alumnos/as como mecanismo de defensa para anularlos como elemento desestabilizador y molesto, sin caer en la cuenta que está puesto como profesor o maestro no para negar la realidad sino para transformarla. Algún que otro/a juez y fiscal que piden el endurecimiento de las penas recogidas en la Ley del Menor sabiendo que tales medidas no dan ninguna solución a las necesidades reales y temores concretos. Son procedimientos penalizadores que sólo dan respuesta al ansia vengativa que brota de lo más bajo del ser humano. Amplios grupos de población, inducidos por ciertos poderes fácticos, se preocupan mucho por la "inseguridad ciudadana" y, al hacerlo, no suelen separar entre quien ocasiona esa inseguridad y las causas que la originan. A los preocupados/as por ella habría que preguntarles por qué creen que la mayoría de los menores acogidos en cualquier centro proceden de familias extremadamente pobres e indefensas. Todas las personas deberían saber que el niño no es el responsable sino la víctima de lo que su situación social, inmadurez y desorientación acarrean. La más cruenta inseguridad ciudadana la padecen los niños y sus familias cuando carecen de los derechos sociales básicos para vivir. Y ello les hace montarse en pateras, ser explotados sexualmente, estar abocados a ser carne de centros de reforma. Como dice Eduardo Galeano "el sistema que no da de comer, tampoco da de amar; a muchos los condena al hambre de pan, y a muchos más al hambre de abrazos".


viernes, 22 de noviembre de 2002

LAS NECESIDADES DE LOS NIÑOS

Me preocupa este sistema que sólo detecta la desprotección del niño en los ambientes empobrecidos. ¿Acaso los pobres se portan mal con sus hijos, mientras que los no pobres cuidan bien de sus descendientes? Ahí tenemos el caso del niño rumano de Córdoba, cuyo padre inmigrante y pobre se ve obligado a mendigar para darle de comer a sus hijos. En este caso, lo que el niño necesita es a su padre con los recursos para vivir con él y su familia y no un centro de menores. Me preocupa este sistema cuando confunde situación de riesgo con situación de desamparo. ¿Cuántos niños desamparados existen entre las familias llamadas normalizadas, las cuales tienen a sus hijos bien vestidos y alimentados? ¿Acaso podemos hablar de desamparo cuando la realidad es la dramática situación socioeconómica que viven las familias de estos niños empobrecidos? ¿No sería mejor denunciar los riesgos sociales provocados por la falta de política social y a los políticos que cogen la escoba para barrer las calles de pobres?
Me preocupa un sistema que genera, entre los niños y jóvenes, anorexias, bulimias, conductas asociales, agresividad, consumo compulsivo de alcohol y otras drogas... provocando, en primer lugar, una ruptura personal en los niños y jóvenes y, en segundo lugar, una criminalización de ellos ante los daños que puedan ocasionar por las causas anteriormente indicadas. ¿Cómo respondemos? En bastantes casos encerrándoles en centros de reforma, cárceles de niños y jóvenes, que los conducirá en la mayoría de los casos a las cárceles de mayores.
Concluyendo, nuestros niños y jóvenes no son peligrosos, están en peligro a causa de una sociedad individualista, competitiva, agresiva que daña a sus propios cachorros y que tiene el cinismo de defenderse de ellos, cuando lo que necesitan es cuidarlos con amor, ternura y comprensión.