martes, 24 de diciembre de 2013

El nazareno, un hombre justo

Es muy loable la respuesta que da mucha gente a las llamadas de las ONG, colectivos, asociaciones,... para recoger alimentos, juguetes, ropa para las personas que están sufriendo la terrible situación social causada por la economía neoliberal y permitida por los gobiernos democráticos de la Unión Europea.
Es muy loable todo tipo de medidas emanadas por las instituciones públicas que vayan encaminadas a pagar la luz y el agua de las personas que no pueden hacerlo, dar una bolsa de alimentos a los niños de los colegios que pasan hambre, o cualquier otro tipo de actuaciones paliativas que pretendan mitigar las difíciles situaciones que atraviesan miles de familias.
Es muy loable todo tipo de campañas en estas fiestas que remueven lo mejor de nuestras entrañas, en las que todas las personas estamos más sensibles con lo ajeno.
¿Quién no ha dado un kilo de arroz, algún juguete usado en buen estado, algún euro al chavalito negro del semáforo o a los nenes que con sus panderetas nos cantan algún villancico con el que se buscan la vida,...? Hay personas que van más allá colaborando en los comedores populares, en el reparto de alimentos, haciendo colectas para los más necesitados...
Sin ninguna duda hay mucha buena gente. Gente sensible, amable, dispuesta a tender la mano para mitigar el sufrimiento; gente que va más allá de no matar, no robar o no mentir. Sin embargo, podemos preguntarnos si se puede dar un paso más.
El 24 de diciembre, a las doce de la noche, celebramos el nacimiento de un niño de oriente que llegó al mundo hace más de dos mil años. Un niño pobre, sin hogar, sin apenas con qué vestirse y posiblemente tiritando de frío. A ese niño los pastores y los reyes de oriente le llevaron comida, regalos, le dieron calor humano y acompañaron a su padre y a su madre, que se sentían extraños fuera de su tierra. Sabemos que Jesús de Nazaret no nació en su pueblo. Era un inmigrante sin papeles como su padre y su madre. Recordemos que, precisamente cuando iban a empadronarse, a María de Nazaret le sorprendió el parto.
Este niño fue creciendo y vio la dura realidad de su gente: una gran mayoría de personas empobrecidas, carentes de todo y sometidas a un poder que machacaba y menospreciaba al pobre y enaltecía a la minoría de ricos, muchos de ellos corruptos, sanguinarios, asesinos.
El niño se hizo hombre y dio a conocer su programa de vida, las bienaventuranzas, y compartió su vida con los más necesitados. Hasta aquí, Jesús de Nazaret fue muy buena gente. Pero dio un paso más: se enfrentó con los poderosos que oprimían, que violaban los derechos humanos. Jesús se manifestó contra los sacerdotes del templo que dicen y no hacen, contra los legisladores de su época que atan cargas pesadas sobre las espaldas de los débiles, contra el poder establecido que anteponía la ley injusta a la necesidad humana. Según sus palabras: limpian por fuera el vaso y el plato, pero por dentro están llenos de robos y de injusticias. Y los llamó hipócritas, sepulcros blanqueados, serpientes y generación de víboras.
Todo el mundo sabe como acabó la vida del Nazareno. Murió en la cruz no por ser un hombre bueno sino por ser un hombre justo y exigir justicia para su pueblo.
* Profesor y presidente de la
Asociación KALA


martes, 10 de diciembre de 2013

Criminalizar la pobreza

El gobierno municipal está elaborando un borrador de ordenanza en el que se multa con 900 euros a aquella persona que extraiga basura de un contenedor. Si por un momento nos paramos a reflexionar en el sujeto sobre el que susceptiblemente recaerá tal sanción, imaginamos su rostro, lo primero que nos debería de brotar es un sentimiento humanitario que nos llevará a preguntarnos si este sistema tan injusto no ha multado ya lo suficiente a una persona que se ve obligada a estar rebuscando comida o chatarra en los contenedores.
Por otra parte, me pregunto cómo una persona que busca entre la basura puede pagar una multa de 900 euros, a no ser que se le trate con el mismo rasero que a algún capitular que se sienta en el Ayuntamiento, cuya multa millonaria no paga, y sobre el que la presión consistorial, cuanto menos, es un tanto laxa.
No resulta baladí este tipo de ordenanzas, que dejan traslucir ideologías en las que la persona pobre y excluida es un ser que afea y molesta y, por tanto, hay que barrer de nuestras calles. Criminalizar la pobreza es algo consustancial a ideologías conservadoras, que entienden que la persona pobre y excluida es la única responsable de su situación, y por tanto, con ellas sólo cabe el castigo y/o la beneficencia. Pero no se le pueden poner puertas al campo: a base de multas, sanciones, cuchillas en alambradas, etcétera, es decir, a base de represión, no sólo no se resuelve el problema sino que añade grandes dosis de inhumanidad y sufrimiento. La pobreza se combate con empleo, con formación, con educación, con salud, con vivienda; la pobreza se combate posibilitando que las personas puedan gozar de los derechos que emanan de la Carta Universal de los Derechos Humanos, de nuestra Constitución y de nuestro Estatuto de Autonomía. Por consiguiente, invito al Ayuntamiento de Córdoba a que ponga toda su energía en cobrar las multas millonarias impagadas para, con ese dinero, desarrollar programas de empleo, programas sociales, programas educativos, para que las personas no se vean obligadas a rebuscar entre la basura.

* Profesor y presidente de la Asociación Kala