domingo, 26 de enero de 2003

LOS PATIROS FEOS

El título que encabeza este escrito me ha venido sugerido por la obra de Boris Cyrulnik, uno de los fundadores de la etología humana, en la que trata la resiliencia, o lo que es lo mismo, cómo una infancia infeliz no determina la vida si encuentra manos tendidas que la acojan y la hagan crecer, desarrollándose en su integridad. Esta situación tiene especial incidencia en todas aquellas  personas que se han visto empujadas al foso de la exclusión social.
Esta reflexión surge a raíz de la situación que viven bastantes familias de la calle Torremolinos (extrapolable a cualquier otra realidad de Cuarto Mundo de Andalucía o de la misma Europa); vecinos que viven las consecuencias de la exclusión social y que, incluso, padecen los cortes de agua, por la empresa municipal correspondiente, y las plagas de ratas y cucarachas que infectan sus degradantes y hacinadas viviendas.
Ante esta desolada e injusta realidad cuesta entender y compartir cómo desde los despachos oficiales, oficinas o gerencias se sacan conclusiones como la siguiente: “Las plagas son de difícil solución si no se controlan los hábitos y cambian las conductas sanitarias y de higiene de los residentes”. Estos hábitos y conductas son la consecuencia de la ausencia de políticas sociales integradoras que, incluso llevándose a cabo, necesitan mucho tiempo de implantación y desarrollo para que estas personas, ciudadanas de esta ciudad, que no nacieron desde la equidad social, puedan ir rehaciendo sus vidas a través de la formación, el empleo y la dignificación de  sus viviendas.
Afirmaciones como “son unos irrecuperables”, demuestran, además de una actitud cruel y cínica ante ellos, el fracaso más rotundo del Estado del Bienestar Social. Es muy difícil hacer tal afirmación de un colectivo que a duras penas le damos alguna oportunidad, exigiéndole el todo por uno. Mientras tanto, nosotros, “los ciudadanos de bien”, nos brindamos mil y una oportunidades, a pesar de nuestra inmejorable situación socioeconómica.
¿Cómo es posible que de un cogobierno formado por partidos oficialmente de izquierdas se permita esta manera de administrar los espacios públicos más vulnerables? Y por favor, absténgase la oposición de rentabilizar políticamente la miseria cuando su política es la de barrer las calles de los que padecen, mayoritariamente, la exclusión social.
Esta ciudad debería de tener un objetivo prioritario, una política previa a las demás: el principio de equidad, ya que en la misma no todos los ciudadanos tienen las mismas condiciones personales y sociales cuando nacen. ¿Cómo podemos exigir los mismos deberes a unos ciudadanos que no tienen cubiertos sus más elementales derechos humanos? ¿Cómo exigirles a unos ciudadanos que paguen el consumo de agua, la luz, las necesidades más básicas... cuando les embarga una desvertebración personal y social, y en el mejor de los casos, necesitarán años para restablecerse de las heridas producidas por la exclusión social?
Podremos hablar, sin ningún titubeo, de deberes en estas zonas de exclusión cuando se haya realizado una política basada sobre todo en la educación-formación, empleo y vivienda. Cuando estos ciudadanos tengan sus derechos sociales cubiertos, entonces, ni siquiera hará falta hablar de servicios sociales.
Hace falta un esfuerzo convencido para que todas las partes implicadas hagan posible la auténtica rehabilitación de la calle Torremolinos, lo que en gran medida, supondría el advenimiento de una Córdoba más justa y solidaria.




                                                             Miguel Santiago Losada
                                                        Delegado en Córdoba de la APDH-A

                                                        Córdoba, 26 de Enero de 2003

domingo, 5 de enero de 2003

LIBERTAD- IGUALDAD O LIBERTAD-SEGURIDAD

En poco más de diez años, tras la caída del muro de Berlín y el avance imparable del proceso de globalización económica, ha desaparecido de la escena el debate sobre libertad-igualdad.

La izquierda, o al menos una parte importante de ella, comprendió hace tiempo que no eran conceptos separables, que no puede haber verdadera libertad sin igualdad, no sólo política o jurídica, sino también social y económica. O dicho de otra manera, la igualdad únicamente es posible entre individuos libres que ejercen su libertad de pleno derecho.

La globalización económica neoliberal y su expresión ideológica, lo que se le ha venido a denominar como pensamiento único, parecen haber conseguido desterrar la idea de igualdad de la conciencia social. La desaparición de este concepto corre pareja a la desideologización de la sociedad y también a la crisis de la izquierda. Esto es evidente en el panorama político, pero también es fácilmente perceptible en el mundo sindical o en nuevos fenómenos como el del voluntariado institucionalizado.

En los últimos tiempos, sobre todo a raíz de los atentados del 11 de septiembre, el binomio libertad-igualdad le ha dado paso al de libertad-seguridad. El planteamiento no es nuevo, ya que el debate sobre la seguridad fue uno de los ejes centrales de la Guerra Fría entre EE.UU. y la antigua URSS. El contexto, sin embargo, es ahora muy distinto. Quizá uno de los elementos diferenciadores más llamativos respecto a la etapa anterior sea la propia ausencia de debate. La hegemonía absoluta del capitalismo, representada en los Estados occidentales, los organismos financieros internacionales y las grandes empresas transnacionales, hace que la crítica y la disidencia sean un auténtico acto de heroicidad.

 Detrás de este proceso, como casi siempre, se esconden fortísimos intereses económicos. La libertad de mercado, elevada a la categoría de dogma, es la única inviolable, convirtiéndose así en la dictadura de un mercado monopolizado por una oligarquía cada vez más reducida. Como consecuencia, el aumento de las desigualdades e injusticias y la agresión a la naturaleza crean nuevos riesgos y conflictos como las migraciones o los contenciosos por recursos como el agua y la tierra. En este contexto, la defensa de la naturaleza o los Derechos Humanos son vistos como trabas para el mercado y el crecimiento económico.

El poder elige de nuevo el camino del lucro y la represión sin pensar en las repercusiones. Los que antiguamente defendían la libertad como valor supremo la sacrifican hoy en nombre de la seguridad, recortando y violando derechos fundamentales. El “todo vale contra el terrorismo” y la “tolerancia cero” proclamados por el seños Bush y su vocación militarista e intervencionista son el máximo exponente de esta tendencia. Precisamente el famoso lema del Partido Popular “Más seguridad, menos impuestos”, es la expresión más evidente de este tipo de política.

La insistencia mediática en el tema de la inseguridad está contribuyendo a crear un clima muy peligroso y nada deseable. Desde la APDH-A venimos denunciando continuamente que el camino de la represión no es la solución. Podemos encontrar ejemplos de lo más variado en todos los ámbitos de la vida y a lo largo de toda la Historia.

La opción realizada por la seguridad es, en nuestra opinión, errónea, porque como dice un refrán castellano “tetas y sopas no caben en la boca”. Aplastando la libertad en nombre de la seguridad se produce una reacción perversa, generando una sociedad más injusta y violenta. Es por ello, por lo que la APDH-A reclama la igualdad como elemento liberador y los derechos humanos como instrumento de transformación social.

Seguramente, la solución a este binomio libertad-igualdad, libertad-seguridad sea la fraternidad-sororidad.


                                                    Miguel Santiago Losada
                                         Delegado en Córdoba de la APDH-A

                                                Córdoba, 5 de Enero de 2003