miércoles, 20 de junio de 2012

Selectividad

Durante estos días miles de estudiantes realizarán la prueba de selectividad para poder acceder a sus estudios universitarios.
Tras un laborioso curso, quizás el más duro de todos los que afrontarán en la vida como estudiantes, se someterán a unas pruebas en las que la puntuación es fundamental para que la Universidad les abra las puertas a los estudios que el día de mañana les permitirán ejercer la profesión por la que han apostado.
Una de esas personas que se sentarán en el ágora de la superación es Manuela, una chica que nació en una familia muy humilde. Se crió en un local abandonado de un barrio de Córdoba con muchas carencias sociales.
Sus vacaciones consistían en pasar unos días con su hermano, acobijados por una chabola construida por su padre en los llanos de la abandonada Residencia Teniente Coronel Noreña, que muchas personas de Córdoba recordarán.
Con el tiempo las inquietudes de superación de sus padres, unido al apoyo que encontraron en un colectivo social, le supuso a Manuela y a su hermano un cambio en su vida. Se le llenaban los ojos de luz cuando entró por primera vez al piso que sus padres, gracias al trabajo, habían comprado, como la mayoría de las familias de nuestra ciudad.
Manuela fue creciendo y aprendiendo, primero en el Colegio de Primaria y, más tarde, en el Instituto, centros públicos de educación en los que tienen cabida todos los niños y adolescentes de nuestra sociedad, centros públicos en los que bastantes de sus maestros y profesores enseñan y educan a miles de chavalitos/as de cualquier circunstancia y condición social para ser ciudadanos/as adultos/as el día de mañana.
Manuela ha ido aprobando asignatura tras asignatura, curso tras curso, hasta terminar sus estudios de bachillerato y ser una más en el tribunal que la examinará de selectividad.
Seguro que su aprobado le permitirá el próximo curso coger el tren de cercanías que le conducirá al Campus Universitario de Rabanales para realizar sus estudios de Biología.
Las personas que poseemos la fortuna de educar y enseñar a los/as niños/as y jóvenes tenemos unas páginas que no figuran en ningún currículo, páginas que no aumentarán nuestros méritos académicos; sin embargo, nos hacen dignos de la profesión que venimos ejerciendo.
Una de esas páginas la viví hace un par de semanas cuando tuve el honor de imponerle a Manuela la banda que le hacía merecedora de su título de bachiller. Recordé en ese momento a sus padres, abuelos, bisabuelos,... Es la primera de toda su generación que ha alcanzado tal distinción académica. Al mismo tiempo, me enorgullecía de ser funcionario de un cuerpo que trabaja por la verdadera igualdad de oportunidades entre todas las personas.
Gracias a Manuela y a cada uno/a de mis alumnos/a por haber hecho que me sienta Maestro un año más.

*Profesor y presidente de la asociación KALA