lunes, 2 de abril de 2012

Historias de hoy y de siempre

Con mucho mimo y cuidado Pepi acaba de asear a doña María Luisa, una octogenaria señora residente en una noble mansión, de la zona donde se concentran las mansiones nobles. Tras otorgarle los últimos retoques en el peinado, acompasados por varias ráfagas de perfume, suena el teléfono. Doña María Luisa observa con preocupación cómo dos lágrimas recorren las castigadas mejillas de Pepi. Al otro lado del teléfono le informan que su hijo acaba de ingresar en prisión por consumo y tráfico de drogas. Su vástago, un chavalito con recursos escasos, de un barrio sin recursos, crece en la impotencia de ver cómo su madre se va consumiendo por el sufrimiento que le produce no poder dar a sus hijos lo que siente su corazón. Tras colgar el teléfono, una fugaz mirada las hace cómplices del duro momento.
Al mediodía, doña María Luisa almuerza con sus nietos, aún ataviados con los uniformes distinguidores del colegio privado que los forma e instruye, y con su nuera e hijo quien, a modo de rutina, comenta las sentencias que acaba de firmar, entre ellas, la de un joven por consumo y tráfico de estupefacientes. Don Manuel culpa a los padres del muchacho y a la educación pública, por no haber sido capaces de hacer de él un hombre de provecho. La madre de familia se incorpora al soliloquio para comentar la buena recaudación que ha cosechado su asociación destinada a ayudar a mujeres embarazadas sin recursos. Alvaro, el más pequeño de la familia, interviene para preguntar si ya tiene la túnica preparada con la que procesionará la próxima semana.
El niño comenta que en el paso de misterio de su cofradía el gobernador se lava las manos ante la condena de un inocente. Doña María Luisa, con voz tierna y nada ofensiva, le dice a su nieto que la escena del paso de su hermandad se repite cada día en mil sitios diferentes. Su nuera la recrimina por meterle ideas políticas a su hijo. Doña María Luisa se levanta y, con la ayuda de su andador, se dirige a su dormitorio, dejando el rastro aromático del ungüento con el que Pepi la embadurnó.
Al día siguiente, y como siempre, Pepi y Doña María Luisa toman café en su lugar habitual tras el paseo vespertino, bajo la calidez de un sol primaveral y el embriagador olor que desprenden los naranjos en flor. La pregunta de la abuela no tardó en llegar:
- Pepi, ¿cómo estás? Esta, con voz entrecortada por la emoción, le contestó que tirando, que así es la vida. La venerable anciana la miró con ojos humedecidos y le dio las gracias por ser quién es.
* Profesor y presidente de la Asociación Kala