sábado, 26 de febrero de 2011

El paradigma de córdoba

En las recientes jornadas que bajo el título Encuentros Averroes se han celebrado en Córdoba, el filósofo y profesor iraní de la Universidad de Toronto, Ramin Jahanbegloo, profundizó en su idea del paradigma de Córdoba, que acuñó en su libro Elogio a la diversidad . En él plantea el trasvase del modelo de convivencia pacífica entre las tres culturas de la Córdoba de Al Andalus a la sociedad actual, al mismo tiempo que destaca la vigencia que la aceptación de la diversidad, de la pluralidad confesional y la lucha contra los fanatismos y racismos tiene en la actualidad.
Mientras estas jornadas tenían lugar en el confortable salón de actos del Rectorado de la Universidad de Córdoba, los países árabes viven un gran momento histórico con repercusión para toda la humanidad.
La revolución del pueblo árabe comenzó cuando el joven tunecino Mohamed Buazizi se suicidó a lo bonzo para protestar porque la policía, por cierto, de un régimen bien visto por la política europea hasta ese momento, le tiró el carrito de frutas y verduras con el que se buscaba la vida por falta de autorización, abofeteándolo y humillándolo; un joven que tras licenciarse, al no conseguir empleo, optó por hacerse vendedor callejero para salir adelante. Otros muchos huyen desesperadamente, cruzando el Estrecho ante tanta frustración. Un Estrecho que se ha tragado a miles de vidas desde comienzos de los años 90.
La combustión del joven cuerpo de Buazizi fue el detonante que, en menos de un mes, derrocó a Ben Ali.
El 25 de enero, este reguero de ansias de libertad llegó al valle del Nilo y tras 18 días de una ejemplarizante protesta pacífica de centenares de miles de jóvenes, que ha tenido como epicentro la plaza Tahrir o de la liberación, consiguieron la caída del dictador Hosni Mubarak.
Esta llama de la liberación sigue recorriendo, a modo de llama olímpica, los países árabes para derrocar a los regímenes totalitarios: desde Bahrein, Yemen, Jordania, Libia, Argelia,... hasta Marruecos, que el pasado día 20 de febrero, y bajo la denominación del día de la dignidad, contó con una serie de protestas por todo el país, organizadas por un grupo de jóvenes a través de la red social Facebook, en las que se reclamó una constitución democrática y una lucha eficaz contra la corrupción. Mientras escribo estas líneas, el sanguinario dictador libio, Muamar Gadafi, masacra al pueblo antes de su probable abandono del poder.
Entre tanto, Europa está en sus cosas: Berlusconi, icono de la desvergüenza personal y política, preocupado porque sus costas se llenen de refugiados (para él, inmigrantes ilegales); Sarkozy, manchado hasta el tuétano como presidente de una Francia mantenedora de los sanguinarios y tiranos regímenes del Magreb; Zapatero, permitiendo que su Presidente del Congreso, José Bono, rinda pleitesía al dictador guineano Teodoro Obiang; Angela Merkel, aprovechándose de la crisis para que sus bancos obtengan pingües beneficios; Cecilia Malmstöm, comisaria de Interior de la Unión Europea, preocupada en repatriar a los tunecinos y a los que vengan; y todos en su conjunto, preocupados por el suministro de petróleo. Es evidente que no son extraterrestres, y responden a una ciudadanía europea que respira, cada vez más, aires de xenofobia etnocéntrica que culpa a los más empobrecidos y excluidos de las estrecheces que viene atravesando.
Toda esta rebelión venida del sur está dejando sin argumentos a la contra rebelión del norte. Ya no se puede sostener que el Islam es sinónimo de pueblos adormecidos y fanáticos. Quieren la democracia, al igual que la disfrutamos nosotros y nosotras, para construir naciones libres en las que se adquiera una verdadera ciudadanía, no determinada por la religión. ¿Qué hubiese sido de Europa si la democracia no la hubiera liberado del corsé del catolicismo? ¿Habría libertad de conciencia, leyes que permiten el aborto o los matrimonios homosexuales, una ética universal que permite la declaración universal de los derechos humanos...?
Y desde este rinconcito milenario de la cultura mediterránea, poseedor de esencias de interculturalidad, ¿qué podemos aportar en el marco de la candidatura de la ciudad a convertirse en Capital Europea de la Cultura en 2016?
El paradigma de Córdoba debe comenzar por su propia ciudadanía y creernos que el encuentro entre personas, entre religiones y culturas es posible.
Desarrollar espacios de diálogo y paz entre las naciones de la cuenca mediterránea, hacer ver que los puntos de unión (historia, arte, tradiciones, gastronomía, paisaje, clima,...) nos enriquecen y nos dan más posibilidades para la erradicación de la pobreza que sufre sobre todo la orilla sur del Mediterráneo, son utopías que dan sentido a la capitalidad.
* Profesor y presidente de la
Asociación KALA


miércoles, 2 de febrero de 2011

La despenalización de las drogas

El flamante premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, ha sugerido retirar el carácter criminal al consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores para acabar con el narcotráfico. Llegó a afirmar que el tráfico de estupefacientes es "la mayor amenaza para la democracia en América Latina".
Hace unos tres meses en este mismo periódico Vicente Fox, presidente de México entre los años 2000 y 2006, en su visita a Córdoba hizo unas declaraciones en las que se inclinaba "por avanzar en la despenalización de la droga" debido a los estragos que produce en la población. Felipe González también se pronunció en esa línea.
A una escala local, mucho más pequeñita, desde que puse los pies en los barrios que padecen un elevado porcentaje de exclusión social, me di cuenta cómo el consumo de drogas y la venta de estupefacientes son factores determinantes de la situación en la que se encuentran. Familias enteras lamentan la muerte de varios de sus miembros por consumo o por haber adquirido alguna enfermedad tras un contagio. Muchas familias se ven huérfanas de padres y madres de la noche a la mañana, al ser detenidos y encarcelados por vender papelinas, lo que aboca al desamparo de sus niños. Las intermitentes redadas policiales tienen más efecto mediático que solución real, generando en los barrios una gran tensión para luego, en horas, seguir todo igual. Por otra parte, aparece una economía sumergida, que convierte a la droga en el principal sustento de una parte de los habitantes de estos barrios: vendedores, prestamistas, vigilantes, transportistas... Y esta economía a su vez sustenta otra, la que se genera con la penalización de las drogas, y que da cobertura a buena parte del trabajo de muchos funcionarios y profesionales liberales entre los que se encontrarían policías, abogados, procuradores, fiscales, jueces, funcionarios de prisiones..., por no hablar de todo el negocio de la seguridad y el miedo (guardias jurado, alarmas, cerraduras...).
Sin embargo, no pensemos que esta tragedia social sólo se da en estas zonas. Estas situaciones campan a lo largo y ancho de la geografía de cualquier pueblo o ciudad. Existen personas que padecen la grave enfermedad de las toxicomanías en cualquier espacio social, ya vivan en el residencial barrio del Brillante o en la mismísima avenida del Gran Capitán. Lo que ocurre, como en cualquier otra circunstancia, es que al perro flaco todo se le vuelven pulgas. Los más empobrecidos ni tienen cómo costearse sus dosis diarias, ni suelen tener redes sociales donde apoyarse, ni tienen cómo costearse una clínica de desintoxicación cuando deciden decir: -¡Basta!
Generar un marco legal para todas las drogas en un acuerdo internacional, ya que es un problema global, lograría, en gran medida, terminar con este calvario que sufre la sociedad en general, y las zonas más deprimidas del planeta en particular.
Pienso que ello no conllevaría un aumento en el consumo de estas sustancias. La regularización de ellas, al igual que ha pasado con el alcohol y el tabaco, hace que las personas consumidoras no generen problemas en la convivencia social.
Desgraciadamente, una persona que padece de alcoholismo presenta un grave problema personal, familiar y de salud; sin embargo, ello no lleva consigo la inseguridad ciudadana, ni la conflictividad social. Es más, el número de muertes por alcohol aumentaría considerablemente si no estuviese controlado ni registrado por sanidad.
Un marco legal para las drogas facilitaría la inclusión de muchas zonas y personas, al mismo tiempo que las cárceles verían reducidas su población penitenciaria en torno al 60% o 70% y la seguridad ciudadana volvería a ser percibida con más nitidez.
Que se hable, se discuta, se desmitifique y se pierda el miedo a proponer nuevas vías ya es un avance. Otra cosa será, al igual que ocurre en otros ámbitos, que los mercados nos lo permitan. No obstante, siempre, siempre, habrá que seguir intentándolo.
* Profesor y presidente de la
Asociación KALA