miércoles, 16 de enero de 2008

La fe en el ser humano

Cuando sonó el timbre de mi instituto, a última hora, crucé el pasillo central para dirigirme al aparcamiento donde coger el coche para regresar a casa. Durante el camino no dejaba de rondarme por la cabeza el episodio que había presenciado con dos chavalitos de 1º de la ESO que llegaron al aula de convivencia golpeándose, maltratándose y sucios. Después de hacer varios intentos por atenderles, pregunté cuál era la realidad social que estaba detrás de ellos. La respuesta desvelaba una realidad de familias que presentaban diferentes problemas de convivencia, lo que había provocado el internamiento de estos niños en distintos centros de menores. Me resistía al fácil reproche de considerarlos gamberros y, por consiguiente, chavales de difícil solución.
Seguía imbuido en este pensamiento cuando llegué a la cochera, encontrándome en el acceso de la misma a un abuelo que ha hecho del lugar su hábitat. Pertenece a las llamadas personas sin techo, que vive con su pensión y se relaciona con algunos vecinos de la zona. No quiere ingresar en ningún centro de acogida. Su viejo colchón y sus inseparables amigos caninos conforman su más estrecha intimidad. La manera que tiene de entender el tiempo y el espacio no coincide con la nuestra, no vive en función de las manecillas del reloj.
Después de la larga sobremesa que caracteriza a mi familia, me puse a leer el periódico encontrándome con la desagradable noticia de que una empleada del hogar de los Hermanos de la Cruz Blanca había sido condenada a 15 meses de cárcel por estafar a dicha entidad. Una mujer desesperada, con graves apuros económicos, que destinó los 1.600 euros sustraídos a pagar cuotas atrasadas de la comunidad y otras deudas.
Mi masa gris seguía estrujándome los sentimientos cuando me encontré con unos amigos al anochecer bastante preocupados al haber encontrado a un joven marroquí sin papeles, que se encontraba desnutrido y desprotegido como un gorrioncillo caído de un árbol en plena crianza. Si el gorrioncillo humano sentía miedo y desamparo, mis amigos temían ser denunciados por la ley de extranjería si prestaban apoyo solidario al chaval magrebí.
Terminé la trajinada jornada en una taberna cordobesa con un grupo de viejas amistades de dilatada trayectoria política y social. Todos pertenecemos a algún partido político, onegé o sindicato. Comentamos y debatimos sobre la realidad social. Sin embargo, echaba en falta la toma de conciencia sobre las causas que empujaban a mis alumnos del instituto a la violencia, al abuelo del aparcamiento a su soledad, a la mujer trabajadora a delinquir y al joven marroquí a emigrar, causas que nos llevarían, posiblemente, a la conclusión de que no siempre la ley coincide con la verdadera justicia humana. De ser así, nos volcaríamos en la búsqueda de soluciones para los niños que padecen problemas de diversa índole y, en vez de verlos como peligrosos, los consideraríamos en peligro. Buscaríamos medios para asistir al abuelo desde el respeto a su forma de vivir, ya que no lo consideraríamos un simple alcohólico. Hubiéramos mediado con la mujer trabajadora para hacerle caer en la cuenta, a pesar de sus circunstancias personales, de que existen otras formas para pedir ayuda que no sea la sustracción de dinero, en vez de considerarla una delincuente y denunciarla a la policía. Acogeríamos al inmigrante sin miedo a una ley de extranjería que viola los derechos humanos más básicos.
En definitiva, estaríamos llamados a cambiar una sociedad, atrapada por la falta de fe en el ser humano y el miedo, que nos conduce a la insolidaridad, por otra sociedad cuya principal actitud fuese la apuesta por lo humano, por el cuidado y la solidaridad.
No es posible otro mundo, otra sociedad, si solo tenemos buenas ideas, buenas intenciones y nos atiborramos de todo tipo de buenos consejos pero no cambiamos de actitudes en el día a día.

* Profesor y Coordinador del Area de Marginación de la APDHA

miércoles, 9 de enero de 2008

Dios es ateo

En Roma, por la balconada principal del Vaticano, asomaba el cardenal Ratzinger para ser proclamado Papa, un católico intelectual anclado en la doctrina tridentina.
Posiblemente se tratase de las pocas veces que la Iglesia jerárquica no disimulaba, bajo una aparente intervención del Espíritu Santo, la elección de un Papa. El Colegio Cardenalicio tenía muy claro que había que mantener la línea más ultraconservadora de la Iglesia, y quién mejor que el viejo cardenal para la Doctrina de la Fe, el inquisidor que custodia dicha doctrina con el máximo recelo para que nada cambie, para que todo quede inmutable.
Su brazo derecho, nunca mejor dicho, en España es el cardenal de Madrid Rouco Valera , que junto a sus correligionarios Agustín García-Gasco , cardenal de Valencia, y Antonio Cañizares , cardenal primado de Toledo, son los máximos exponentes de esta doctrina basada en dogmas morales que brotan de la más rancia concepción maniquea del ser humano, según la cual éste está formado por un alma a la que hay que liberar del cuerpo, causante de todo pecado.
¿Qué tiene que ver todo este andamiaje moral, generador de culpabilidades y almas atormentadas, con el mensaje liberador de Jesús de Nazaret ?
Veamos: Agustín García-Gasco dijo, en el mitin celebrado el pasado 30 de diciembre por la jerarquía eclesiástica, que "la cultura del laicismo radical es un fraude y un engaño". Según él, Jesús de Nazaret sería condenado por heterodoxo, ya que era un laico que depositaba toda su fe en el ser humano, preferentemente por el excluido. Asimismo, nos advierte de que "nos dirigimos a la disolución de la democracia" cuando él es un representante de la institución menos democrática que hoy en día existe.
Antonio Cañizares dijo que "la familia es la institución social más valorada, pero está siendo sacudida por legislaciones inicuas e injustas". De ser esto cierto, ¿por qué no forma una familia?, ¿por qué es tan inicuo e injusto al no considerar familias a personas que se quieren, que acogen y aman, cuando ése es el mensaje esencial del evangelio?
Antonio María Rouco dijo que "el ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración de Derechos Humanos reconocía: que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad". No sé quién habrá puesto en duda tal afirmación; sin embargo, no me cabe en la cabeza cómo se atreve a utilizar la Carta Magna de las Naciones Unidas cuando sabemos que en el seno de la Iglesia institución no se practica la Declaración Universal de los Derechos Humanos, fundamentalmente con las mujeres. El Estado Vaticano no ha suscrito los dos pactos internacionales en los que los Estados se comprometen a aplicar los citados derechos.
Como cristiano y defensor activo de los derechos humanos estoy escandalizado de la hipocresía de este sector de la Iglesia institución. Estoy convencido de que ese no es el camino de Jesús de Nazaret. Qué pena que estos cardenales, con las bienaventuranzas en la mano, no denuncien a los ricos y poderosos de este mundo por las muertes de miles de personas debido al hambre y a la enfermedad, por las guerras y el gran negocio de la industria armamentística, por las desigualdades entre el Norte y el Sur, por los que mueren a causa de defender la justicia, por los niños explotados y carentes de formación, por las mujeres machacadas por un machismo que no conoce fronteras, por el riesgo medioambiental que padece nuestro planeta a causa de un desarrollo sin escrúpulos,...
Dios niega la destrucción del ser humano y de la naturaleza. Dios no cree en los que toman su nombre en vano.

* Profesor y Coordinador del Area de Marginación de la Apdha