jueves, 22 de diciembre de 2005

“LOS SANTOS INOCENTES”

No sabría decir cuál de los siguientes sentimientos embargan más mi corazón, si la impotencia, el dolor o el desánimo. Sin embargo, lo que no me cabe la menor duda es la preocupación que tengo ante el actual panorama social.

Cuando nuestra ciudad padece situaciones de intolerancia como los rechazos a diferentes centros sociales de algunos ciudadanos que se consideran santos e inocentes, o cuando el Ayuntamiento, en lugar de poner en servicio centros de acogida, dispone de un teléfono para que los vecinos denuncien a los excluidos por hábitos como la mendicidad, nos llegan noticias de otros lugares que ahondan sus raíces en una misma  actitud: la intolerancia. Esta intolerancia va calando con actitudes y medidas como las expuestas y luego acaba derivando en frases como: se nos ha ido de las manos.

Un chaval de catorce años en una discusión le da un corte en el cuello a su padre causándole la muerte en un pueblo jienense. Tres jóvenes de entre dieciséis y diecinueve años y de las llamadas familias normalizadas queman viva a una pobre mujer indigente en Barcelona. Aunque sucesos de distinto cariz tienen un denominador común, la intolerancia, que conduce a la agresividad e incluso al homicidio. Intolerancia que va desde el rechazo al diferente a deshacerse de él.

Por tanto y a la vista de los acontecimientos nos debe preocupar qué clase de sociedad estamos construyendo para que en ella, y en particular en nuestros hijos, vaya anidando este sentimiento irracional de odio y violencia.

La justicia ha decretado la encarcelación inmediata para estos jóvenes e incluso algunos sectores de la ciudadanía más santa e inocente levantan su voz pidiendo un mayor endurecimiento de las penas. Ya son más de 700 menores los encerrados en centros de los llamados de reforma en Andalucía. Al ritmo que vamos tocaremos pronto el techo de los 1000. ¿Es este el camino: enseñar a odiar y, al mismo tiempo, condenar al que odia? ¿A que se debe tal esquizofrenia?

En mi opinión, lo primero que debemos preguntarnos es el porqué de tanto odio e intolerancia. El caldo de cultivo lo encontramos en actitudes xenófobas y racistas generadas por un mercado que gana enormes beneficios con películas, series, publicidad, videojuegos y demás artículos que incitan a la destrucción del ser humano, por una educación carente de valores, por una política de sonrisitas que, a base de contentar a la ciudadanía más santa e inocente para ganar el mayor número de votos, desprecia la ideología que profesa.

La solución a tanto sinsentido y falta de humanidad es la educación en valores, una ética universal basada en la defensa de los derechos humanos. Sé que no es fácil pero, al menos, estemos alerta para no tomar medidas que favorezcan lo contrario.


                                                                          Miguel Santiago Losada
                                                                  Coordinador del Área de Marginación
                                                                                    APDHA

                                                                   Córdoba, 22 de diciembre de 2005 

sábado, 17 de diciembre de 2005

CON NOMBRES Y APELLIDOS

Qué sufridas son las cifras. Hace unos días el Instituto Nacional de Estadística nos informaba de que el 31.1% de la población andaluza está bajo el umbral de la pobreza, mientras que la Asociación Pro-derechos Humanos de Andalucía nos acercaba mucho más a la realidad al desvelar que en Andalucía cerca de 300.000 personas viven en la exclusión social. Entre tanto, las administraciones se inhiben o abordan la realidad con nimios programas y una mayoría de ciudadanía acomodada observa tal situación con desprecio e incluso con miedo. ¡Qué situación más injusta y despiadada! ¿Acaso son estas personas las responsables de su realidad?
María es una chica de apenas 20 años, nacida en un barrio muy pobre de un país lejano, madre a edad temprana. Emigró a la Europa rica en busca de una vida digna para su hija y para ella. Su presencia molesta cuando, junto a su amiga Carmen de 21 años, espera al cliente en alguna calle o esquina de la ciudad. Está infectada por el VIH, llegó sin él. ¿Cuántas Marías y Cármenes merodean por nuestras calles?
Mohamed es un chavalito de 13 años nacido en una zona rural del Magreb sin ninguna esperanza de vida. Los pocos dirham que su familia logró reunir fueron para pagar la patera que le condujo hasta esta orilla del dorado Mediterráneo. Se encuentra en un centro de menores y vive con la amenaza continua de ser devuelto a Marruecos.
¿Cuántos chavalitos como él llenan los centros de menores esperando la ansiada oportunidad?
Lola es una anciana de 85 años que vive en una casita vieja y humedecida del casco histórico, apenas tiene fuerzas para cocinar los alimentos que compra con su exigua pensión. Lo que peor lleva es su soledad pues nadie va a echarle una mano. Le tiene miedo a "unos señores", como ella gusta decir, que la incitan continuamente para que venda su casa a un coste risueño bajo el pretexto de que el ayuntamiento la va a expropiar. ¿Cuántos desaprensivos se aprovechan de personas como Lola, anciana, empobrecida y sola?
Antonio y Rosa son una pareja de personas mayores que han padecido los horrores de la droga, dejando en el camino a varios de sus hijos. Desde su más generosa afectividad están criando a tres nietos, a duras penas, en una infravivienda de un barrio de viviendas de promoción pública. ¿Cuántos abuelos y abuelas de los barrios más empobrecidos de nuestras ciudades y pueblos se ven en esta situación?
Rafa es un chico que pasó desde los tres años en centros de menores dado que sus padres se engancharon, como otros muchos, a la droga. Aprendió mucho de los desafectos de la vida: palizas, expulsiones, estigmatizaciones (que si delincuente, ladrón, drogata). ¿Cuántos Rafas cumplen condena en las cárceles andaluzas?
Florín cruzó la vieja Europa desde el Este con su familia, apenas pasan de los veinte años. Crecieron en un ambiente hostil de exclusión social que les enseñó a buscarse la vida como podían, principalmente mendigando. De las ciudades por donde pasa conoce muy bien las miradas despreciativas y los uniformes de la policía local que lo "invitan" continuamente a marcharse. Pertenece a la nueva profesión de los expulsados por pobre.
Pepa es una mujer con cinco hijos y trabaja limpiando todo suelo que se le ponga por delante. Su jornal se lo lleva en parte su pareja en el bar de la esquina, un hombre que siguió el fiel ejemplo de su padre y su abuelo. Con lo que le queda saca adelante a sus hijos. Vive con el miedo de que algún ciudadano de bien o profesional pueda pensar que los niños están desamparados y obre según lo establecido. ¿Cuántas mujeres como ella son víctimas de estas situaciones de injusticia?
Estos son algunos rostros concretos de las personas excluidas en Andalucía. Son los nuevos inquilinos del portal de Belén de principios del siglo XXI, que no encuentran lugar en posada alguna. Mientras tanto, los poderes políticos soñarán en Nochebuena con la segunda o tercera modernización y la ciudadanía del bienestar tocará la pandereta delante de sus figuritas de barro, tan estáticas y entrañables, y se estremecerá momentáneamente ante alguna dramática imagen de televisión.

¡Feliz Navidad! Claro está, por desgracia, no para todos.