martes, 5 de mayo de 1998

CHIAPAS, UN MUNDO DE VIDA

El mundo de la vida pertenece a las mujeres y hombres, niños y ancianos, que viven la afectividad, la solidaridad, la libertad, la justicia, la igualdad,… de una manera cercana y humanizadora. En contraposición, el mundo de la muerte se basa en el poder avasallador y corrupto, en la economía neoliberal que mata de hambre, en la injusticia social que crea barreras infranqueables entre los mundos.

Un ejemplo del mundo de la vida se llama Chiapas, pueblo entrañable y tremendamente solidario y acogedor, que clama por sus derechos.

El mundo de la muerte, marcado por los intereses de una economía de mercado salvaje, utiliza como títeres de trapo a los gobernantes de los países del Tercer Mundo, causando que 40.000 niños mueran de hambre todos los días; que la humanidad esté rota por los cincuenta conflictos bélicos a lo largo y ancho de todo el planeta; que las bolsas de exclusión social sean cada vez mayores, incluso en los países desarrollados, donde un nuevo y feroz nacionalismo económico cierra las fronteras a cualquier ciudadano empobrecido. Un mundo que no está dispuesto a que la llama de la humanidad ilumine el camino de la fraternidad, la igualdad y la justicia. Ayer apagó  las esperanzas que anidaban en los pueblos nicaragüense, salvadoreño,… hoy quiere hacerlo con el pueblo chiapaneco.

El mundo de la muerte expulsa a los ciudadanos solidarios que luchan al lado del pueblo, para que las atrocidades se puedan cometer sin testigos. La Comisión Internacional de Observadores, que denunció la hipocresía y desvergüenza del gobierno mexicano, títere del mundo de la muerte, constató cómo los extranjeros están haciendo un formidable papel como escudos humanos para que los militares y paramilitares no arrasen y asesinen al pueblo.

El mundo de la muerte asesinará a quién se interponga por delante de sus intereses y tenga la osadía de defender a los pueblos de la tierra. Así lo hizo con Gandhi, Oscar Romero, Luther King,… en la actualidad muchos hombres y mujeres padecen la persecución del poder canalla que aniquila el verdadero sentido de la vida.

Las personas que apostamos por el mundo de la vida, de los derechos humanos, tenemos que buscar nuevas estrategias y mediaciones creativas que vayan socavando a ese otro mundo de la injusticia y de la muerte. Estemos allá o acá, tenemos que seguir tejiendo la red solidaria que permita que en el mundo de la vida quepamos todos los seres humanos.

                                                                    Miguel Santiago Losada
                                                                    Presidente de la APDHA

                                                                    Córdoba, Mayo de 1998

domingo, 3 de mayo de 1998

EDUCADORES DE CALLE

Llegamos a principio de los años 90 a la Calle Torremolinos para comprometernos con una de las realidades más duras de la ciudad. Llamamos a una de las “puertas” de esa calle, la parroquia, y nos la abrieron de par en par. Por entonces estaba de párroco el buen amigo Rafael, que tantas inquietudes y avellanitas compartió con nosotros en esa gran mesa camilla de la casa de la Begoña, Isabel y Mª Ángeles.

Begoña, una mujer que lleva 25 años de su vida al lado del pueblo gitano, nos introdujo y nos enseñó a dar los primeros pasos en este espacio del llamado Cuarto Mundo.

Y junto a ellos los educadores de calle (“los maestros” como cariñosamente nos llaman los chavales) íbamos formando equipo, en el que programábamos, decidíamos, avaluábamos…, pero sobre todo, compartíamos los trajines de nuestro “estar” en la calle con nuestra gente.

Fue precisamente la primera actitud que quisimos desarrollar: la de estar, que ya era bastante, sin molestar, que ya bastante tienen con lo que tienen (consigna de Adolfo Chércoles, un veterano amigo en la lucha por los pueblos marginados y excluidos). Esta actitud nos llevó a preguntarles a los chavales de la calle qué es lo que querían. La respuesta no se hizo esperar: formar un equipo de futbito, los nenes, y otro de voleibol, las nenas. Desde el primer momento el balón fue el principal instrumento para encontrarnos en la calle. En poco tiempo, los educadores y los chavales nos apiñamos en un mismo grupo donde la afectividad (segunda actitud que desarrollamos) y la confianza eran los pilares de la relación. Precisamente ellos son los que acuñaron el término “maestro de la calle”, para diferenciarnos de los de la escuela, institución que a muchos de ellos no les traía un grato recuerdo. Y los “maestros” fuimos viviendo con ellos las alegrías y las penas de la vida: bodas, bautizos, pedimentos, fiestas, entierros… Demasiadas muertes de jóvenes, padres y madres en bastantes casos, que como un terrible genocidio iba acabando con la gente más excluida de la sociedad, en este caso de la calle Torremolinos. Son ya más de 30 muertes a causa de las drogas y del SIDA en la calle Torremolinos, en los últimos seis años.

Y del balón nos pasaron al café, al calor sencillo y humilde de los cafelitos, que nos fueron introduciendo en las familias de nuestros chavales y chavalas. Esto nos iba abriendo los ojos (tercera actitud: conocimiento de la realidad) para ir analizando desde la dura realidad las causas de la exclusión social: paro crónico, infravivienda, falta de atención educativa a la diversidad,, problemas de drogas… Esto nos llevó a tomar medidas ante estas situaciones, y comenzamos a ir a la cárcel, a los juzgados, a las comisarías, a las escuelas, al centro de salud, al centro cívico, al INEM, al Centro Provincial de Drogodependencias, al Servicio de atención al menor… Situaciones que tuvimos que denunciar (cuarta actitud)  en muchas ocasiones por falta de una política social, educativa y sanitaria responsable que respondiera a los múltiples problemas que padecen.

Y ahí seguimos: estando, encontrándonos, denunciando, acogiendo y apostando por un mañana mejor.


                                              Miguel Santiago Losada (Córdoba, Mayo de 1998)