miércoles, 4 de marzo de 1998

SOLEDAD DE LOS MÁRGENES DE LA HISTORIA

Por soledad puede entenderse aquel momento de la vida que todas las personas necesitamos para encontrarnos con nosotros mismos, tomar una opción, decidir ante una propuesta, pacificar nuestro interior,… Se trata de una soledad que nos humaniza, que nos ayuda a construir nuestra personalidad. Es necesario que en los tiempos que nos han tocado vivir, en los que la prisa, la falta de valores, la competitividad, el consumismo, el individualismo nos pueden determinar, hagamos paradas en el camino, en el vivir cotidiano, para reflexionar, meditar, contemplar,… Hábitos saludables que nos ayudan a no diluirnos en la muchedumbre de lo impersonal.

La soledad así entendida es una actitud positiva que nos hace seres humanos. Es un valor que posibilita nuestra realización personal. Como muy bien dice Fernando Savater, en su libro El valor de educar: “nacemos humanos, pero tenemos que llegar a serlo, es el deber moral”. Esto quiere decir que donde nos vamos formando como personas es en la “matriz” social, de ahí se desprende que en el proceso educativo de un nuevo ser humano todas las personas, como miembros de la sociedad, somos responsables. Sin embargo, a lo largo de la historia, millones y millones de seres humanos han sido aparcados y excluidos en la cuneta de la vida, obligados a vivir una maldita soledad basada en el dolor, la impotencia, el desprecio, la incomprensión, la tortura, la muerte…

Hoy, cuando nos encontramos en las postrimerías del siglo XX, el mundo está lleno de millones de cruces, cada una representa una violación concreta y sangrante de los derechos humanos. El poder prepotente, la economía neoliberal y salvaje y el prestigio basado en el “vales cuanto tienes” son las causas de este calvario universal, marcado principalmente por el hambre y los conflictos. Cerca de cuarenta millones de personas mueren cada año de hambre en el mundo; al tiempo, que existen más de cincuenta conflictos a lo largo y ancho de la piel de nuestro planeta, en los que la guerra, el terror, las torturas, las muertes, son el denominador común de una sociedad atravesada por la espada de la deshumanización y la injusticia social. Son millones de seres humanos los que están perdiendo la vida por la prepotencia y la intolerancia asesina de otros a lo largo de este siglo.

Andalucía, nuestra tierra, también tiene su calvario, que lo podemos traducir:
-          300.000 andaluces padecen la más absoluta pobreza, malviviendo en los cinturones de exclusión social, sobre todo, de nuestras grandes ciudades.
-          400.000 jornaleros dependen de una economía subsidiaria que no hace libre a la persona.
-          Andalucía está viendo, desde su privilegiado balcón de la ribera norte del Mediterráneo, cómo centenares de africanos pierden la vida en esa fosa de la muerte en la que hemos convertido el Estrecho. Nuestras leyes y tratados injustos e insolidarios, a parte de provocar muertes, están causando que miles de inmigrantes vivan en condiciones infrahumanas. Precisamente en una tierra que ha vivido en sus propias carnes el fenómeno de la emigración. Lo que debería hacernos más comprensivos y acogedores con estas personas víctimas de la pobreza y los conflictos que viven sus países.
-          Cerca de 10.000 personas presas llenan las quince prisiones andaluzas, muchas de ellas lejos de sus familiares. La mayoría de ellas proceden de ambientes marginados, aproximadamente el 85% de la población reclusa, son drogodependientes y padecen alguna enfermedad incurable. Por lo que nos podemos plantear ¿qué sentido tiene la cárcel para estas personas?
-          No podemos pasar por alto la terrible soledad que experimentan las mujeres prostituídas de la calle, que la mayoría lo son para sobrevivir, los enfermos mentales sin recursos, los enfermos que por  padecer el SIDA  experimentan el desprecio y la discriminación, las mujeres maltratadas ahogadas en las más absolutas impotencias, las 900.000 personas que sufren el problema del paro, las miles y miles de personas ancianas que viven en la precariedad económica y social.

                       Como dice el viejo poema: “quién sube al madero para desenclavar a Jesús, el Nazareno”. ¿Quién está dispuesto a desarrollar la tarea de desclavar a los crucificados de nuestra historia? La situación nos urge a que no demos rodeos ante la injusticia social, a que tomemos partido por los excluidos y los que se encuentran en lo márgenes de la sociedad, en definitiva, a que no nos quedemos con los brazos cruzados.

                                                                             Miguel Santiago Losada
                                                                            Presidente de la APDHA
                                                                           Córdoba, Marzo de 1998